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800 Palabras
Vivimos atravesados por el lenguaje. Las palabras resuenan, se entretejen y se vuelven discurso. Pero sólo se trata de un material simbólico del que nos valemos para nombrar el mundo que nos rodea.
Ana María abrió la puerta del consultorio y allí estaba Jenipher, su paciente de cuarenta y dos años felices que se le habían derrumbado de golpe.
— Gracias por atenderme. Usted me conoce, no soy de hacer cosas a lo loco.
— Lo importante es que pudimos acomodar este horario.
Jenipher ya se echaba en el diván y, al mismo tiempo, sacaba de un bolsillo sus pañuelitos tisú. Ni podía terminar de armar las frases, en medio de cada una lloraba y se sonaba la nariz.
Cuarenta años, modelo de mujer contemporánea, graduada con honores en Medicina, cirujana de profesión, madre de tres niños y muy felizmente casada. Todo parecía funcionarle como un mecanismo sincronizado.
— Mi vida era un Rolex, licenciada: perfecta.
— Empecemos por eso, Jenipher: ¿por qué lo perfecto ya no lo es?
— La intervención era compleja, no iba a ser fácil. Meter un bisturí dentro de un cerebro es una cosa seria. Pero salió perfecto, el paciente evolucionaba bien. Mi costumbre es recorrer la clínica de mañana, antes de ir al quirófano. Pero mi amiga Fedra pidió que lo visitara a Ángel por la tarde. Si hubiera sido cualquier paciente, no accedía, ¿pero cómo decirle no a una amiga del alma?
— ¿Usted acostumbra a atender amigos?
— ¡Nunca! Nada lo prohíbe, pero se trata de un asunto ético. Pasa que con Fedra y Ángel somos amigos desde la infancia. Ángel era compañero de escuela de mi hermano y solía vivir en casa. Y a Fedra la conocí en danza clásica, en el club, cuando teníamos ocho años. Nos hicimos muy amiguitas, teníamos una simbiosis total. A los doce, en mitad de un baile, las dos fuimos al baño y nos dimos cuenta de que nos habíamos indispuesto por primera vez al mismo tiempo.
No voy a decir que un aneurisma se trata de una intervención de bajo riesgo, porque no existe la cirugía cien por cien segura, pero tanto me lo pidió Fedra, que accedí. Si no lo operas tú, nos iremos a Chicago, no confío en nadie más en Santiago, me dijo.
— Me decía antes que usted nunca revisa pacientes por la tarde, pero que en el caso de Ángel lo hizo.
— Salí de natación y fui hacia la clínica. Esperaba encontrarme con Fedra en la habitación, pero para mi sorpresa, Ángel, además de estar solo en su habitación, lo vi de pie, asomado a la ventana.
¡Oye, deberías hacer reposo, transgresor!, le dije en broma, mientras me acercaba a saludarlo.
Me respondió que él siempre se había portado bien desde pequeño, pero que ya era hora de transgredir un poco. Nos abrazamos y pasó.
Jenipher volvía a sonarse la nariz, ya no hablaba. Pasaron unos largos minutos, hasta que Ana María dijo:
— ¿Pasó?… ¿Qué fue lo que pasó, Jenipher?
— Me sentí besada como nunca. Un ángel llamado Ángel, ¡por él fui tan besada!
* * *
— ¿Le da ganas de venirse una semanita conmigo a Buenos Aires?
El que preguntaba era Losano Besada, uno de los directores del diario donde trabaja Ernesto.
Era de vieja data que este accionista sentía una especial simpatía por el historietista del diario y, en particular, ambos solían conversar mucho sobre arte y pintura. El directivo estaba asomado a la puerta de la oficina de Ernesto y, era evidente, tras la pregunta estaría aguardando una respuesta.
Pero como Ernesto sólo sonreía sin decir nada, el otro se metió adentro y ya se acomodaba en la silla para seguirla:
— La semana que viene se inaugura Geografías del gesto, una exposición del Centro Cultural MATTA, en nuestra sede diplomática de Argentina.
— He leído algo sobre la muestra —por fin habló Ernesto—. Artistas plásticos de ambos países.
De Carlos Fernández vi esculturas, es maravilloso el hiperrealismo que logra.
Losano Besada ya estaba entusiasmadísimo:
— Ese muchacho se formó en técnicas de molde en Estados Unidos. ¡Véngase conmigo, Ernesto, semana culta en Argentina! Y algún que otro vinito, también nos tomaremos.
Cuidando de no perder la sonrisa, Ernesto declinaba respetuosamente la invitación y rezaba en mente para que el directivo no llegara a decir Yo lo invito, no le va a costar un peso.
* * *
— ¿Cómo fue tu día? —Ana María le preguntó a Ernesto, mientras ya cenaban.
— Como siempre. Bueno, no tan igual: uno de los directores quería que lo acompañara a Buenos Aires, a visitar una muestra de arte en la Embajada de Chile.
— ¡Qué bueno! ¡¿Cuándo te vas, Ernesto?!
— No, le dije que no. Le puse como excusa que andaba atrasado con las historietas y, como el tipo insistía, después le inventé que no me caían bien los porteños, siempre fanfarrones.
— ¡Qué pena! Yo hubiera ido.
— Me parecía algo de demasiado compromiso, es el principal accionista: Losano Besada.
— Besada. Me suena.
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