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800 Palabras
Imposible entender malestares y rencillas en familia, independientemente de la oleada de odio y crueldad que se ejerce desde las cúpulas que digitan el poder.
Diez de la mañana del jueves, no era feriado, pero toda la familia estaba en la casa de la calle Arturo Burhle: Ernesto, muy descompuesto del estómago; Natacha, resfrío y tos, por fortuna, sin fiebre; y Ana María, por más que su parte médico de salud indicara que no padecía enfermedad alguna, debía estar allí porque estaba atendiendo en el consultorio.
Ni bien la terapeuta terminaba de acompañar al paciente hasta la puerta, allí aparecía Natacha: estornudos, pañuelitos tisú y voz tomada:
— ¡Por favor, mamá, debe ser que estoy abombada de tanto ibuprofeno, pero tengo un nudo en la cabeza: ¿cómo se decía una vez en inglés?
— Se escribe once, se pronuncia uáns.
— ¡Pero claro, uáns, gracias!
— Me pidieron un fukin trabajo en inglés, para la facultad.
— ¿Papá? ¿Se despertó?
— En el baño: sigue con la cagadera.
— ¡Natacha!
— ¡Bueno! ¡Perdón! Es que tiene una descompostura, pobre, que lo vi salir del dormitorio y pasó cagan… corriendo para el baño.
Ana María golpeó con suavidad la puerta del baño:
— ¿Cómo te sientes, amor?
Desde adentro se oyó: ¡Terrible, pero acostumbrado!
Además, Ernesto solía llevarse la tablet, algo que a su mujer no le parecía saludable:
— Los expertos advierten acerca del riesgo de hemorroides y otros problemas a raíz del hábito de leer en el baño. ¿No es más confortable leer en tu escritorio?
Volvió a escucharse desde adentro: No si me hago encima.
Ana María ya les preparaba un té a los pacientes y un buen café con leche y tostadas para ella, que en media hora debía regresar a su consultorio.
Le advirtió a su hija:
— Pregúntame todo lo que quieras ahora o ve a mi consultorio a buscar el libro que necesites, porque a las once tengo sesión y no debes interrumpirme.
Por fin estaban los tres sentados a la mesa del comedor. Quejas, mocos, Ana María contemplaba un panorama de padecimiento familiar en el que parecía que unos cuantos mimos resultaban tan sanadores como la loperamida y los antihistamínicos.
Quince minutos más tarde entraba a su consultorio para supervisar los casos de sus pacientes con Berta, la terapeuta de Buenos Aires. Solía ser una sesión remota de unas dos horas, a veces con interrupciones a un lado de la cordillera o al otro, porque aunque fueran psicoanalistas, el rol de mujer y madre siempre se les imponía.
Concluida la temática concerniente a pacientes, Ana María supuso que en casa se estaba dando el mejor de los escenarios: habiendo pasado Ernesto su noche en el baño y Natacha sin poder respirar bien, probablemente ahora mismo ambos dormían plácidamente y con sueños reparadores. De modo que la conversación con Berta continuó más allá de lo profesional, para internarse en las vidas domésticas de cada una.
Acerca del malestar de Ernesto, Ana María le comentó a Berta:
— Lo único que sé, es que ayer escuchó decir que la inteligencia artificial podría terminar con la humanidad para fines de esta década y allí comenzó con su descompostura. Cada vez que se acerca el 11 de septiembre, algo le agarra, igual que mi padre. El Amancio no deja de rememorar a sus ausentes y eso, por momentos puede tornarse muy denso. Especialmente para Natacha, a quien su abuelo le habla de todos sus compañeros acribillados a balazos por la dictadura de Pinochet.
— Si bien no deja de ser verdad esa tragedia, tampoco es un tema agradable desde donde vincularse con su nieta. Probablemente lo haga con esa segunda intención de decir sin decirlo:
Mira lo que han hecho los antepasados de aquellos a quien tú votaste.
— ¡No te quepa dudas, Berta! Son difíciles los asuntos ideológicos dentro de la familia.
— ¡Ni que lo digas, Ana María! Yo fui al barrio de Once, a comprar comida para la festividad del Año Nuevo Judío. La idea era reunir a la familia en una cena. Hasta invité a mi exmarido con su mujer actual. Pero me encuentro con mi hija mayor que me dice que no lo invite a su padre porque apoya a Benjamín Netanyahu. Y la menor, ¡peor!: si Ormuz va a tu casa, nosotros no iremos.
— ¡¿Ormuz?!
— A mi yerno lo apodaron Ormuz, por lo estrecho de pensamiento que es. Defiende la causa palestina, pero sólo se limita a repetir lo que lee en redes sociales. Uno de mis nietos lo tilda de judío antisemita. Y mi hijo menor tiene una novia que es patética, pobrecita, porque no es de origen judío, pero dice que ella es más sionista que Milei.
— ¡Ay, Berta, tienes para divertirte!
— Yo les serviré la cena y en cuanto vea que se ponen a discutir de política, me voy a mi dormitorio y me pondré a ver un capítulo de la interesante serie de Moria Casán.
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