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Chile tiene uno de los niveles de confianza interpersonal más bajos de América Latina, y eso se nota en la calle. El «sálvese quien pueda» se aprendió
¿Por qué en Chile ya nadie respeta nada? En esta columna, Claudia Barahona Chang sostiene que la falta de empatía en el espacio público no es casualidad: es una cultura del «sálvese quien pueda» heredada de la dictadura y reforzada por años sin educación cívica. Con datos de siniestralidad vial y confianza interpersonal, propone restituir la formación ciudadana, rescatar la vida de barrio y entender que cuidar al otro es la única forma de cuidarnos a nosotros mismos.
Bocinazos, autos sobre la vereda, vecinos que ya no se saludan. La convivencia en nuestras calles y barrios se ha deteriorado y, por ende, la vida en sociedad: lo que hemos perdido es el respeto por el otro y la preocupación por el vecino, pero esto también se aprende.
Hace poco, arriba de un taxi, el conductor me decía con una mezcla de cansancio y rabia que en Chile ya nadie respeta nada. Mientras hablaba, un auto se cruzó sin señalizar, otro tocó la bocina sin razón y un tercero se estacionó en pleno paso de cebra. La postal cotidiana le daba la razón.
Frente a escenarios así, la tentación inmediata es buscar culpables: los jóvenes, los de otro barrio, los extranjeros y un largo etcétera. Sin embargo, la falta de empatía en el espacio público no distingue edad, comuna ni pasaporte. Son malas conductas que se aprenden y se replican, pero cuyo mayor peligro radica en cómo las hemos normalizado y tolerado entre todos.
Las cifras confirman que no se trata de una simple percepción subjetiva. En 2025 murieron 1.505 personas en siniestros de tránsito en Chile (un 5% más que el año anterior) y difícilmente podemos llamarlos «accidentes»: detrás de la imprudencia, el alcohol y el exceso de velocidad, lo que opera es la decisión individual de no respetar una regla pensada para proteger a otros. No por nada los siniestros viales representan hoy la primera causa de muerte externa en niños, niñas y adolescentes.
Pero el asfalto es solo la parte más visible. El deterioro cala en lo cotidiano: en el pasaje donde la música suena a todo volumen hasta la madrugada, en la basura acumulada en la esquina, en el insulto fácil a quien atiende un mostrador o en el ascensor donde ya nadie devuelve el saludo. Pequeñas faltas que, sumadas, transforman la vida comunitaria en una competencia y en una permanente falta de empatía, reflejo de una sociedad que se ha vuelto gris, apagada, deprimida y hasta amargada.
No es casualidad que Chile exhiba uno de los niveles de confianza interpersonal más bajos de América Latina. Según el PNUD, apenas un 15% de las personas cree que se puede confiar en la mayoría de la gente, el nivel más precario desde 1999. Y cuando dejamos de confiar en el otro, dejamos de cuidarlo; es entonces cuando la calle se convierte en tierra de nadie.
Este repliegue no surgió de la nada. Durante la dictadura cívico-militar se instauró algo más profundo que un sistema económico: se impuso una forma de entender la vida en sociedad. El neoliberalismo nos enseñó a pensarnos como consumidores antes que como ciudadanos, a mirar al otro como competencia y a creer que el bienestar es siempre un asunto de salvación individual. Lo público se volvió sospechoso y lo colectivo, ingenuo. Esa cultura del «sálvese quien pueda» no terminó en 1990: se integró en nuestras rutinas y hoy estalla en la calle, en el barrio y en la forma en que nos tratamos diariamente.
Parte de la explicación está también en lo que dejamos de enseñar. Tras la reforma curricular de fines de los años noventa, Chile quedó como el único país de América Latina sin educación cívica como asignatura específica. Recién en 2016 la Ley 20.911 obligó a los colegios a implementar planes de formación ciudadana, pero el desafío va mucho más allá de un programa escolar.
Ninguna cámara de seguridad ni aumento en las multas podrá suplir lo que dejamos de cultivar en la convivencia diaria. La restitución de la formación ciudadana en las escuelas es un paso indispensable, pero insuficiente si afuera seguimos reproduciendo la ley del más fuerte. Necesitamos una política pública decidida a rescatar el espacio público y revitalizar la vida de barrio, pero sobre todo un compromiso ético colectivo: entender que el espacio común no le pertenece a nadie precisamente porque nos pertenece a todos. Educar la calle pasa por desaprender el egoísmo cotidiano y volver a entender que cuidar al otro es, al final del día, la única forma de cuidarnos a nosotros mismos.
Claudia Barahona Chang es publicista, directora de C&C Comunicaciones Estratégicas e integrante del Programa de Género del Instituto Igualdad.
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