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800 Palabras
El que no salta es un trumpista. No rima, ¡pero qué lindo suena!
Ernesto tenía previsto sacar los choripanes en pocos minutos más. Ana María ya estaba abriendo al medio las marraquetas y trataba de acomodarlas en algún recoveco de la parrilla, por más que el asador le retaceara espacio, les gustaba pelearse por eso y se pegaban empujoncitos entre risas, manoteos y ciertos escarceos amorosos.
— ¡¿Qué se andan toqueteando ustedes dos?! —les gritó Natacha, quien acababa de salir al jardín acompañada de Jazmín—. ¿Qué van a pensar los que no son de la casa de la calle Burhle?
— Jazmín ya es de la casa —dijo Ana María, mientras se saludaban con besos.
— ¿Cómo le va, licenciada? —cada vez que Jazmín la saludaba así, le arrancaba una tierna sonrisa a Ana María.
— ¿Extrañas el tiempo en que fuiste mi paciente?
— A veces, sí. Pero me gusta también este momento, la que eres ahora conmigo.
— ¿A quién puede gustarle una suegra? —intervino Ernesto.
— ¡Eh, que no estamos casadas, aún! —le gritó Natacha a su padre—. Yo lo voy a querer con mucho pebre, papá.
Ana María les señaló los potes sobre la mesa, tanto el de pebre como el de mayonesa.
El jardín de la casa no tenía gran fondo, pero igual era aireado y con mucho verde a la vista, particularmente, un generoso pino al que solían disfrazar de Navidad hacia fines de diciembre.
Las dos chicas se sentaron en unas reposeras a esperar la salida de los choripanes. Por más que el tiraje de la parrilla fuera bueno, el aroma a longaniza y de las cebollas metidas entre el carbón hacía que todos estuvieran muy ansiosos por atacar al asado.
Sonó el timbre de calle y Natacha saltó de su reposera y fue corriendo hacia el interior de la casa.
— ¡Deben ser los abuelos! —gritó, mientras corría.
Ana María sirvió vino tinto en unas copas y le dejó una a su marido, sobre la mesada contigua a la parrilla, y la otra la llevó hasta donde se encontraba Jazmín, entregándosela en mano.
— Y, dime, Jazmín: ¿sientes que avanzas con el terapeuta al que te he derivado?
— Sí, creo que sí. Ezequiel casi no habla durante la sesión. Como si quisiera darme aire. Al principio, eso me incomodaba, pero ahora va bien.
— ¡Qué gran domingo! —la exclamación era proferida por Amancio, que había salido al jardín y ya saludaba a todos. También aparecieron doña Matilde y Natacha tomadas de la mano.
Amancio estaba eufórico, ya se había servido una copa de vino para él y otra más para su consuegra:
— ¡Salud, doña Matilde! —luego enfiló hacia la parrilla— ¡Ernesto querido, 247 veces salud!
— ¿Por qué, 247? —preguntó Natacha.
— ¡Los escaños del Partido Demócrata, Nati querida! —seguía vociferando el veterano.
— Ah, ¿por eso estamos haciendo este asado en familia? —le preguntó la jovencita a su mamá.
— Si a ti tampoco te gusta el presidente Trump, tesoro —dijo Ana María—. ¿No es cierto, Jazmín? Ustedes también querían que perdieran los republicanos.
Amancio seguía a los gritos, vivando a James Talarico por su banca al Senado por Texas, y a Gina Hinojosa, por salir gobernadora de ese estado.
— El estado en el que se esconde el prófugo hermano de Flavio Bolsonaro —exclamaba entre toses, Amancio. Metió la mano en el bolsillo y sacó un broncodilatador, el cual llevó a su boca y activó un par de veces. Todos lo miraban en silencio, Ana María le había acercado una silla de jardín:
— Siéntate, papá. Y, a ver si te tranquilizas un poco. No me habías dicho nada que te habían recetado eso.
— Fumar sale caro. Y no me refiero al dinero —dijo el veterano, que ya se aplicaba una dosis más.
— Yo tengo EPOC y nunca he fumado —dijo doña Matilde.
— ¿Qué es EPOC? —le preguntó Jazmín a su novia por lo bajo y Natacha, también en secreto, se lo explicaba:
— Es la sigla de la enfermedad pulmonar obstructiva crónica. El mayor porcentaje de pacientes se da entre los fumadores, pero en un veinte por ciento de los casos no han ni tocado un cigarrillo en su vida y lo padecen también.
Ernesto ya sacaba los choripanes y Ana María los distribuía entre los hambrientos comensales, que ya daban cuenta. Se acercó a su suegro y chocó la copa con la del veterano:
— También brindo por ese aire que te da tu broncodilatador, Amancio querido.
— Gracias, Ernesto. Pocas veces he podido respirar tan aliviado como el martes pasado a media noche, cuando iban llegando los resultados de la paliza que le dieron a Trump. ¡Eso es aire de grandeza, aire para los norteamericanos y una gran provisión de aire para América Latina.
— Pensar que casi nos matas cuando con tu hija nos habíamos escapado al recital de Air Supply, ¿recuerdas, Amancio? —dijo Ernesto.
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