El 93% de los chilenos cree que la clase política no entiende sus problemas, según la última encuesta Cadem. En la calle, ese dato tiene una traducción más visceral, un grito que se corea hace meses en fondas y conciertos: “¡Chúpalo Kast!”. Ese grito es el diagnóstico de un país que se cansó de ser administrado como un fundo. Mientras el chileno de a pie se asfixia entre el alza de la bencina y el estancamiento, el capataz de La Moneda parte a Europa a rendir cuentas a quienes verdaderamente controlan el modelo. Allá, sonrisas y subordinación; acá, el país a la deriva.
Nos vendieron la “mano dura”, pero lo que llegó fue impunidad burocrática. Lo que hizo el ministro de Justicia, Fernando Rabat, es una tomadura de pelo a la promesa de orden. Amparándose en los resquicios de la Ley 19.856 y en las comisiones de rebaja de penas, el sistema devolvió a la calle a más de medio centenar de sentenciados por delitos sexuales contra menores y benefició a reos de Punta Peuco. No hizo falta que el Presidente pagara el costo político de firmar un indulto. Bastó la inacción y el silencio del Ministerio para que la burocracia abriera las celdas.
Frente a esta traición, cabe preguntarse si tanta ceguera es incompetencia o una provocación calculada. Cuando un gobierno deja libres a criminales peligrosos mientras la economía se hunde, cuesta creer que sea pura torpeza. Un pueblo asustado no pide soberanía, solo quiere orden. Y el bombero pirómano sabe perfectamente que el caos en las calles es la excusa ideal para instalar una mano dura permanente.
La desconexión ha llegado a un punto tal que la paranoia reemplazó a la política. Y no es teoría: tal como se ha documentado a raíz del convenio entre Meta y la PDI, plataformas como Facebook e Instagram se han utilizado para reportar mensajes privados, lo que derivó en la detención en Chillán de una joven de 22 años sin antecedentes. Un juez la dejó en libertad sin cautelares al constatar lo absurdo de la acusación. La postal es repugnante: el Estado, con la ayuda de los censores de Silicon Valley, persiguiendo a una ciudadana por un chat privado, mientras su propio Ministerio de Justicia abre las puertas a los peores criminales.
El daño colateral de este circo es la trampa del péndulo. Por puro hartazgo, el fracaso republicano le allana el camino a la otra cara del duopolio: la pseudoizquierda progresista de un Boric 2.0 o una eventual Bachelet 3.0, que vuelven como el viejo calmante de un duopolio incapaz de ofrecer algo nuevo. Al final, el fundo se lo turnan la izquierda globalista que desprecia nuestras raíces y la derecha turboliberal que remata nuestros recursos, mientras Johannes Kaiser espera en el palco para capitalizar la próxima ronda de frustración.
Ese 93% de chilenos abandonados quiere demoler el fundo entero. Y eso significa aplicar un sentido común soberanista de verdad: recuperar el control de nuestras fronteras, proteger la industria local del saqueo, dejar de regalar los recursos naturales y devolverle al Estado la capacidad de defender a su gente sin rendir cuentas a agendas extranjeras.
O seguimos rebotando entre las dos mitades de la misma élite, o asumimos de una vez la tarea histórica. Es hora de dejar de pedir permiso. Tierra, pueblo y destino.
