Usuarios en linea: 214

800 Palabras
Imaginemos que Crimen y Castigo ya no es un solo libro, son dos: uno se ocupa de los crímenes y el otro volumen, de los castigos. Es que pareciera que muchos crímenes no tienen sus merecidos castigos.
La oficina del jefe de edición del diario ya se parecía más a un café con charla política que al sitio en el que se le daba cierre a varias de las columnas de actualidad.
Todo había comenzado hace poco más de una hora, cuando Jaime le pidió a Ernesto que le trajera los bocetos del comic. Pero el ilustrador no sólo llevaba sus láminas, también fueron con él su suegro, Amancio, y el viejo Damianos Gialamas, veteranos ya conocidos por el jefe editor.
Era un día muy especial, porque el griego había regresado a Chile esa misma semana para asistir al homenaje que se le haría a los Prats, en Santiago.
Nacido en Atenas en 1941, Gialamas llegó a ejercer la docencia en 1966 en la carrera de Filosofía, en la Universidad Nacional y Kapodistriaca, con sólo veinticinco años. La tristemente famosa Dictadura de los Coroneles (1967-1974), hizo que Gialamas se exiliara y, tras un derrotero que lo llevó por varias ciudades de Europa, junto con varios colegas se sintieron seducidos por los aires de libertad e ideales y llegaron hasta el Chile de Salvador Allende. Fue en esa oportunidad que pudieron conocerse con Amancio y se volvieron camaradas de militancia y amigos de toda la vida. Nuevamente, los militares resultaron ser una gran amenaza para Damianos Gialamas, quien huyó hacia la Argentina peronista del 73, la cual no fue inmune a los gérmenes de la derecha que pronto partió al medio al movimiento nacional y popular garante de la democracia. Y así lo rememoraba el octogenario Damianos:
— A los 33 yo salía a correr por las noches y mi mujer me acompañaba. Vivíamos en barrancas de Belgrano, tomábamos por la avenida del Libertador y el plan siempre era el mismo: íbamos pasando el Monumento de los Españoles, dábamos la vuelta y regresábamos. Ya veníamos de un día bastante movidito, porque aquel domingo habíamos asistido al entierro de Silvio Frondizi, un político asesinado por La Triple A, un clandestino escuadrón de la muerte, el cual tiempo después de fallecido Juan Perón se supo que lo comandaba su propio secretario.
Eran pasadas las doce y media de la noche cuando estábamos llegando al Jardín Japonés y escuchamos un estruendo espantoso.
— Las 00:45 del lunes 30 de septiembre, para ser exactos —dijo Amancio.
— Michel Townley y Mariana Callejas fueron parte —intervino Jaime—. Entre ellos dos y los miembros de la Triple A, Juan Martín Ciga y el comisario Juan Carlos Gattei, aunaron acciones para colaborar con Enrique Arancibia Clavel, el agente secreto que la DINA instaló como gerente del Banco del Estado, en Buenos Aires.
— ¡Qué lindo ir a pedirle un préstamo a ese tipo y no poder devolvérselo! —siempre agregando humor e ironía, Ernesto.
El griego Damianos continuó con lo de la noche del 30 de septiembre: contó que con su mujer se acercaron hasta la esquina de la avenida Libertador con la calle Malabia, que al encontrarse a oscuras todas esas cuadras linderas volvía más tenebroso lo sucedido.
— A pesar de que era la una de la mañana, muchos vecinos se habían acercado, entre otras cosas, porque los cristales de sus ventanales habían estallado por la onda expansiva del explosivo.
— Se supo que Arancibia Clavel, que ya había asesinado al comandante René Schneider, utilizó una bomba a base del explosivo C4 —dijo Amancio—. Muy poco pagaron por sus crímenes todos estos terroristas de derecha.
— ¡Es verdad, Amancio! —dijo Jaime—. Al norteamericano lo salvaron los propios a cambio de información y vive tranquilito en Estados Unidos, bajo el régimen de testigo protegido. A su exmujer, le fue fácil: murió octogenaria, después de hacerse la diva cultural en su mansión literaria en cuyo sótano torturaban detenidos. A los de la Triple A, uno se murió sin condena y el otro zafó. Y a Arancibia Clavel lo cosió a cuchilladas un taxi boy porteño en una gran noche de amor.
— ¡Qué informados están todos ustedes! —intervino Ernesto—. Yo, apenas supe algo y no sé si habrá sido cierto o se trata de un mito: ¿puede ser que durante las exequias de Pinochet, el nieto de los Prats escupió el féretro y casi lo linchan los asistentes?
Los otros tres afirmaron que eso había ocurrido tal cual.
Llegaba el momento en que el tiempo apremiaba y el jefe editor dijo:
— Seguiría conversando con ustedes toda la tarde, pero se nos viene el cierre de edición. A ver, Ernesto querido, muéstrame los bocetos de la tira cómica.
— Bueno —se atajó, Ernesto—, tira, es, pero de cómica no tiene nada.
El título era DeliveryChet y se veía una de esas motos de repartidores de comida, algo maquillada y aludiendo al encargo de Pinochet, de asesinar al general Prats.
Descubre más historias, noticias y opiniones de nuestra comunidad.
Presenta la obra de teatro El Carnaval de los Animales, con funciones en el Centro GAM
La banda celebra un disco histórico en la importante escena penquista, este viernes 1º de agosto
El animal, que se distribuye en gran parte del territorio nacional, no había colonizado desde Copiapó hacia el norte, hasta ahora. El investigador de FAVET, Gabriel Lobos, asegura que su llegada puede amenazar la flora y fauna de estos ambientes ex [...]