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¿Qué les diremos a nuestros nietos cuando nos pregunten qué hicimos ante el sufrimiento en Gaza?
Miguel Ángel Rojas Pizarro reflexiona sobre el sufrimiento en Gaza a partir de un recuerdo de su abuelo y se pregunta qué responderemos a las futuras generaciones. Una invitación a recuperar la empatía y fortalecer la solidaridad chileno-palestina.
Hay recuerdos
que uno guarda durante toda la vida. En mi caso, uno de ellos es la tarde en
que fui al cine a ver La lista de Schindler. Era estudiante de colegio, en los
años noventa, y salí de la sala con una angustia que todavía recuerdo.
Me costaba entender lo que acababa de ver. ¿Cómo podía alguien hacerle tanto daño a otro ser humano? ¿Cómo se llegaba a mirar a una persona y decidir que su vida no valía nada?
Pero había una pregunta que me
daba vueltas con más fuerza: ¿por qué el mundo había permitido que sucediera?
Se lo pregunté a mi abuelo, que había vivido en aquella época. —El mundo no sabía —me respondió.
Nunca olvidé esas palabras. No sé cuánto había podido conocer él ni qué información llegaba a su vida cotidiana. Tampoco quiero juzgarlo desde las posibilidades que tenemos hoy. Era mi abuelo intentando responder una pregunta enorme a un nieto que acababa de descubrir, a través del cine, hasta dónde podía llegar la crueldad humana. Hoy pienso en Gaza y vuelvo a esa conversación.
Me pregunto si dentro de una década algún director hará una película llamada Gaza. Si habrá jóvenes que salgan del cine llorando después de ver lo que sufrieron los niños y las familias palestinas. Si se quedarán en silencio durante el camino a casa, intentando comprender por qué nadie hizo lo suficiente para protegerlos.
Quizás uno de esos jóvenes sea mi nieto. Quizás se siente a mi lado y me pregunte: —Abuelo, ¿y tú qué hiciste? Esa pregunta me incomoda, porque no quisiera tener que responderle que vi las imágenes, sentí pena y después seguí con mi día.
Esta vez será difícil decir que no sabíamos. Tenemos teléfonos en los bolsillos y acceso a testimonios que llegan desde lugares que antes parecían lejanísimos. Debemos verificar la información, por supuesto. Pero no hace falta conocer cada detalle de un conflicto para comprender que un niño merece crecer sin miedo y que una familia tiene derecho a vivir. Lo que me preocupa es que podamos acostumbrarnos.
A veces miro cómo consumimos las
noticias: una imagen dolorosa, unos segundos de tristeza y luego el dedo sigue
avanzando por la pantalla. Aparece un gol, una oferta, una pelea entre
desconocidos. Todo queda mezclado. El dolor de alguien termina ocupando el
mismo espacio que cualquier otra publicación. Y me pregunto qué nos está
pasando.
No sería justo decir que nadie
hace nada. Hay personas que ayudan, se movilizan, denuncian y acompañan.
También hay muchas que sienten una impotencia sincera: quieren hacer algo, pero
no saben por dónde comenzar. Yo mismo me he preguntado cuánto puede servir una
columna escrita desde tan lejos.
No tengo una respuesta definitiva. Sé que escribir no alcanza, pero también creo que las palabras pueden abrir una conversación, incomodar una indiferencia o animar a alguien a buscar una forma de ayudar. Lo que no quisiera es usar mi falta de poder como excusa para desentenderme.
En medio de todo esto, hace pocos días apareció una señal de esperanza en nuestro país. El 22 de septiembre, el Congreso aprobó el proyecto que establece el 7 de enero como el Día de la Amistad y Solidaridad Chileno-Palestina, recordando el reconocimiento del Estado de Palestina por Chile en 2011.
Me alegra ese gesto. Pienso en las familias palestinas que han construido su vida en Chile, en sus hijos y nietos, en quienes sienten como propio el dolor de sus familiares al otro lado del mundo. Para ellos, una señal de solidaridad puede significar algo profundamente humano: saber que su sufrimiento le importa a alguien más. Pero quisiera que esa fecha tuviera vida más allá del calendario.
Como profesor, imagino una sala de clases donde podamos conocer la historia y la cultura palestinas, escuchar preguntas y conversar sobre la dignidad humana. Donde enseñemos que una persona no vale menos por su origen, su religión o el idioma que habla. Donde aprendamos a denunciar la violencia sin alimentar el odio hacia otros pueblos.
Estudiar el Holocausto exige respeto por sus víctimas, rigor y comprensión de su historia. También nos obliga a pensar en el peligro de deshumanizar a otros. Si pronunciamos «nunca más», tenemos que preguntarnos qué compromiso asumimos con esas palabras cuando el sufrimiento está ocurriendo ante nuestros ojos.
Porque es más fácil condenar una
atrocidad cuando han pasado décadas. Cuando ya existen películas, monumentos y
ceremonias. Más difícil es sostener la mirada mientras todavía hay personas que
necesitan protección.
No sé si hemos perdido la empatía. Tal vez estamos agotados, distraídos o sobrepasados. Pero me niego a creer que ya no podamos reconocer el dolor de una madre o el miedo de un niño. Quisiera que nuestros nietos heredaran algo mejor que nuestras explicaciones.
Que, cuando nos pregunten qué hicimos, podamos contarles una acción concreta, por pequeña que haya sido: una ayuda, una conversación, una exigencia a nuestras autoridades, una clase que enseñó a mirar al otro con respeto. Todavía recuerdo la respuesta de mi abuelo. Ahora me toca pensar en la mía.
Miguel Ángel Rojas Pizarro
Profesor de Historia - Psicólogo - Psicopedagogo
[email protected] - @Soy_Profe_Feliz
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