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Sin referentes que sepan absorber la ansiedad y señalar un norte por incómodo que sea, los colectivos no avanzan.
Un análisis sobre la crisis del liderazgo contemporáneo y su impacto en la cohesión, la productividad y el desarrollo de Chile. Desde la filosofía política, la psicología colectiva y la gestión estratégica, el artículo examina cómo la pérdida de referentes legítimos paraliza los acuerdos, sofoca la competitividad y transforma la convivencia en un estado permanente de desconfianza.
Hubo un tiempo en que sentimos admiración genuina por alguien: un
profesor que te abría la mente, un jefe al que daba gusto seguir porque remaba
a la par tuya, o incluso algún político cuya palabra todavía valía algo y te
hacía creer en un proyecto común. Uno los escuchaba y sentía que ahí había un
norte, alguien en quien confiar por su honestidad o capacidad de llegar a
acuerdos.
Hoy, seamos honestos, eso prácticamente dejó de existir; la
figura del líder, tal como la conocíamos, murió. Y el problema no es que falte
gente con capacidad o estudios. Lo que se esfumó fue el respeto real, esa
autoridad natural que no se impone por decreto ni por el peso del cargo que se
ostenta, sino que se gana con coherencia, con trabajo bien hecho y sobre todo
por tener una visión de largo plazo. La normalidad actual son profesores con
estrés, gerentes administrando la mediocridad y políticos incapaces de entenderse
a ellos mismos.
Su importancia: el desamparo psicológico y filosófico.
Cuando un grupo humano se queda sin líderes auténticos,
pierde cierto rumbo, no se trata de que debamos sentir que nos dan órdenes,
pero como seres gregarios necesitamos ser parte de algo, y ese algo debe tener
cierto rumbo, tal como el capitán con su barco.
En lo más profundo de nuestra psique, el liderazgo funciona como un soporte emocional ante la incertidumbre. El psicoanalista Wilfred Bion, pionero en el estudio de las dinámicas colectivas en su obra Experiencias en grupos, observó que las personas somos esencialmente gregarias, pero vivimos en constante fricción interna entre nuestra individualidad y la necesidad de pertenecer. Sin alguien que dé tranquilidad y sentido al esfuerzo individual que se suma al colectivo, los grupos regresan a sus instintos más primarios: paranoia, búsqueda de culpables, atrincheramiento y una necesidad desesperada de atacar o huir. Suena conocido, ¿verdad? Es exactamente el clima emocional en el que vive hoy nuestra sociedad además de las redes sociales y del que hacen aprovechamiento los liderazgos nocivos.
A nivel filosófico, el problema es igual de profundo.
Tendemos a confundir tener un cargo con ostentar autoridad. Puedes mandar
porque posees la atribución para sancionar o despedir, pero eso no es
liderazgo; es simple ejercicio de poder. En sus ensayos reunidos en Entre el
pasado y el futuro, Hannah Arendt desentrañó esta diferencia crucial: en que plantea que la
verdadera autoridad no necesita recurrir a la fuerza ni a la coacción externa
para ser escuchada, porque se sostiene en un reconocimiento libre y voluntario
de la sociedad. Por tanto un líder por la fuerza no es líder, tampoco el poder que tiene sobre tu salario.
Lo que hace un líder
Un líder de verdad nunca fue un animador de eventos ni un
gerente obsesionado con las métricas. Lo que ofrecía era algo mucho más escaso:
capacidad para absorber la tensión colectiva y señalar una dirección -a
veces resistida- pero con inteligencia emocional suficiente para convencer con
argumentos.
En esta arista del líder, Ronald Heifetz, uno de los
pensadores más agudos en liderazgo de la Universidad de Harvard, nos enseña que
los líderes no son quienes buscan solamente tranquilizar a través de susurros
engañosos, sino que aquellos que buscan movilizar frente a los desafíos, porque
de eso se trata el día a día, de un desafío constante.
Hoy el estilo es transmitir tranquilidad, aunque todos sepan que nos están mintiendo en la cara. Firmar protocolos que no ofrecen garantía de nada y protegerse las espaldas entre amigos, porque si de algo sabemos en nuestro país es proteger a los amigos y los hijos de los amigos.
El costo en las empresas y la competitividad: vivir administrando la mediocridad
En las empresas y en el estado la muerte del liderazgo se
paga caro: mata la chispa, la creatividad y las ganas de arriesgar. Sin líderes
que inspiren y protejan a sus equipos, las organizaciones se llenan de
burócratas defensivos cuyo único objetivo es cuidar el puesto y no ser el nombre que circule en los pasillos por algún proyecto fracasado, bien lo saben quienes llegan con ganas de hacer
cambios y se encuentran con el jefe o gerente de área que derrumba todo con
burocracia o estudios de prefactibilidad eternos, porque no les interesa lo que
pase en diez años más, ellos están armando su pyme hoy y ahora.
John P. Kotter sintetizó con precisión este dilema en sus
investigaciones para la Escuela de Negocios de Harvard: el gran problema
moderno no es la deficiencia operativa, sino el desbalance estructural. Abundan
las instituciones sobre gestionadas pero carentes de liderazgo, en buen Chileno,
no faltan gerentes, pero faltan líderes. El problema es que gestionar el
orden sin liderar el cambio conduce inevitablemente al estancamiento:
Cuando falta liderazgo, la gestión se vuelve un trámite insoportable:
A escala de un país entero, esto arruina la competitividad. Michael Porter sostenía que la prosperidad de una nación no depende de la suerte de tener petróleo, cobre o sol, sino de la capacidad de sus empresas e instituciones para autoexigirse, innovar y competir al más alto nivel. Sin líderes audaces que empujen la frontera y conecten al mundo privado con el bienestar público, los países se estancan en la inercia del modelo fácil, viviendo de rentas pasadas hasta que la realidad les pasa la cuenta. Tal como nos viene pasando desde hace años, nuestro modelo extractivo se agotó. Al punto de que necesitamos procesar cada vez más toneladas de materia prima -un par de decenas de toneladas- para obtener el cobre necesario que nos permita adquirir un nuevo iphone18.
El dolor de Chile: el costo del vacío
En Chile, esta ausencia duele con particular fuerza porque
conocemos la diferencia. El país creció, construyó infraestructura, redujo la
pobreza y modernizó su aparato productivo durante décadas, pero en el camino
sus élites se quedaron vacías de relato y desconectadas de la vida real.
Confundieron gobernar con cuadrar planillas Excel y hacer encuestas de
satisfacción para transformarlas en propagandas (bastante malas por lo demás).
El resultado está a la vista: una fractura profunda entre la
ciudadanía y quienes toman las decisiones, y esto no solamente ocurre a nivel político, también en las organizaciones empresariales.
Desempleo y la trampa del ingreso medio:
La inversión en Chile no está frenada solo por tasas de interés o burocracia desatada; está frenada porque nadie sabe hacia dónde va la micro a veinte años plazo. Sin un proyecto colectivo claro, los capitales se vuelven tímidos, los talentos jóvenes miran hacia afuera y el país se arriesga a resignarse a un crecimiento del 1% o 2%, a todas luces insuficiente para pagar el piso social y el progreso que nuestra gente demanda.
¿Y ahora qué?
Esperar que baje del cielo un líder providencial o un
caudillo mesiánico a resolvernos la vida es una trampa infantil que solo
empeora el problema, basta con mirar alrededor de la región para ver que las
cosas no son tan simples como se prometen.
Si queremos salir del pantano, el camino es más modesto, pero
mucho más exigente a nivel intelectual: toca reconstruir el liderazgo desde
abajo. Necesitamos jefes que sepan escuchar a los que hacen el trabajo pesado,
profesores que vuelvan a encender la vocación a través de salarios decentes y herramientas
que impacten su trabajo, empresarios que entiendan que su legitimidad depende
de cómo tratan a su entorno, junto con sus empleados, y sin duda, políticos más
honestos dispuestos a perder por el bien de Chile.
El liderazgo no va a resucitar por arte de magia ni por
decreto. Va a volver el día en que tengamos el coraje de asumir que el futuro
del país no es un destino inevitable que nos toca sufrir, sino una
responsabilidad común que tenemos que volver a levantar.
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