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Del Seguro Obrero al Buque Lebu
Dos septiembres, un mismo patrón: el poder no tolera que el pueblo decida sobre sus propios recursos. En 1938, fusilaron a los jóvenes que soñaron un país distinto. En 1973, bombardearon a quienes intentaron construirlo. Este texto recorre el hilo que une ambas masacres y pregunta cuánto más tendrá que pagar Chile por su soberanía.
La escalera de sangre
5 de septiembre de 1938. Cincuenta y nueve jóvenes con los brazos en alto en las escaleras del Seguro Obrero. Habían depuesto las armas. La orden de ejecución vino de La Moneda.
La masacre que la memoria oficial enterró. Pero sin ella, el Frente Popular no habría llegado al poder en las condiciones que lo hizo; sin el Frente Popular, el terremoto de Chillán no habría encontrado un gobierno dispuesto a usar la catástrofe para forjar un proyecto de Estado. La sangre de esos jóvenes —que la izquierda repudió y la derecha justificó— fue el combustible de un proyecto que los borró del mapa.
Los remataron. Carlos Droguett entró a la sala esa noche y encontró "siete muertos... pero no siete cadáveres, solo quedaron muchos pedazos de cadáver, piernas solitarias, brazos huérfanos, ojos saltados"¹. Solo cuatro sobrevivieron, fingiendo estar muertos, horas bajo los cuerpos de sus compañeros. Droguett recreó después la conversación entre el General Arriagada y el Presidente Alessandri: "—Murieron todos los revoltosos, señor. —Bien muertos están"².
5 de abril de 1932. Jorge González von Marées (abogado, orador) y Carlos Keller (sociólogo, discípulo de Spengler) fundan el Movimiento Nacional Socialista de Chile. González ponía el cuerpo y la voz; Keller, las ideas.
Keller no era un advenedizo. Había estudiado en Alemania, era discípulo de Spengler, y manejaba con soltura la filosofía, la economía y la sociología. Fue el cerebro del movimiento: el que le dio coherencia doctrinaria, el que conectó el diagnóstico de la crisis chilena con las grandes corrientes del pensamiento europeo de entreguerras. González ponía la oratoria y el liderazgo callejero; Keller, la arquitectura teórica. Esa división explicaría, años después, por qué el movimiento terminó partido en dos.
González había pasado por la TEA (Tenacidad, Entusiasmo y Abnegación), una organización secreta de ideología nacionalista que funcionó entre 1923 y 1924, donde ejerció como “Legionario” (líder zonal)³. Keller diagnosticaba a Chile como un país al garete: una oligarquía que desde 1891 había convertido la política en “una especie de deporte”⁴, una nación entregada al capital extranjero. Su respuesta: un “Estado en forma” en la tradición de Portales. González encontró en esa doctrina el molde para su talento: conducir masas. Su tesis de 1923 describía a la clase obrera chilena como “una horrible llaga” abandonada por las clases dirigentes⁵. Keller lo había resumido en 1931 con una frase que el MNS haría suya: “Llegaremos así a tener un Estado chileno, diferente del alemán o del italiano”⁶.
Chile entero, en los años 30, se vistió de uniforme. Las Tropas Nacistas de Asalto vestían camisa parda, terciado oscuro y hebilla con el rayo del movimiento; tenían su juventud uniformada desde los catorce años. Las Milicias Socialistas —”Camisas de Acero”— se armaban con garrotes, corvos y revólveres, bajo el mando castrense de Marmaduke Grove, comodoro de la Fuerza Aérea.

La oligarquía no se quedó atras y formó su propio ejército: la Milicia Republicana, más de cuarenta mil hombres de las clases acomodadas, financiada y armada por el gobierno de Alessandri, organizada para aplastar la breve República Socialista de 1932⁷.
Tres uniformes, tres milicias, la misma época. Los vendedores del diario nacista Trabajo y los del semanario socialista Consigna competían por las mismas esquinas del centro de Santiago, a golpes y a veces a cuchillo. La estética marcial era el idioma común de una política que había abandonado el parlamento por la calle.
El mito del “judeo-bolchevismo” —la idea de que el comunismo era una conspiración judía— circulaba con fuerza en la prensa de la derecha continental y chilena, alimentando el pánico anticomunista de las clases altas y dando combustible a la Milicia Republicana⁸.
Pero el MNS, pese a adoptar inicialmente parte de la parafernalia fascista, se distanció del antisemitismo racial explícito. El general Tobías Barros, que los conoció de cerca, recordó: “el nazismo criollo tenía del otro las exterioridades, copiaron el uniforme, el saludo, pero, en realidad, no tenían la base ideológica totalitaria del otro nazismo”⁹.
Su programa —nacionalización del cobre, el salitre y el hierro; fin de la “dictadura capitalista”; ataque a la oligarquía terrateniente— lo situaba más cerca de la izquierda que del Club de la Unión. Por eso, cuando la crisis de 1938 se acercaba, sectores del MNS y del ibañismo buscaron lo mismo que la izquierda: derrocar a Alessandri o forzar elecciones limpias¹⁰. No había fusión doctrinaria, pero compartían el enemigo, y eso alcanzaba.
La orden de matarlos vino de arriba. El coronel Aníbal Alvear lo dijo ante la comisión investigadora: “El asunto es bien sencillo, ¿quién da una orden de matanza, cuando el gobierno, un general presente y el presidente de la República están a pocos metros de distancia de donde ocurre la masacre?”¹¹. El Director General de Carabineros Humberto Arriagada Valdivieso ya tenía una masacre en su historial: en 1934, había comandado la matanza de campesinos en Ranquil¹². No era la primera vez. Sería un ensayo para lo que vendría.
El golpe fracasó. González fue condenado a veinte años; su lugarteniente Óscar Jiménez Pinochet, a quince¹³. Los sobrevivientes —Alberto Montes, Facundo Vargas, Daniel Hernández Acosta y Carlos Pizarro— escaparon gracias al diputado Raúl Marín Balmaceda, que los sacó con vida. Marín no se enfrentó a los carabineros: fue a La Moneda, mintió diciendo que Alessandri ordenaba proteger a los sobrevivientes (sin haber hablado realmente con él), y los oficiales le creyeron. La mentira como herramienta de rescate salvó a esos cuatro hombres¹⁴.
Carlos Ibáñez retiró su candidatura. El Frente Popular ocupó el vacío, pero necesitaba los votos que los nacistas aún podían mover. El acuerdo fue rápido: votos para Aguirre Cerda a cambio del indulto. González llamó a votar por el frentista. El 25 de octubre de 1938, Aguirre Cerda derrotó a Gustavo Ross por 4.111 votos: 222.720 contra 218.609¹⁵. Los votantes nacistas fueron la bisagra.
El 24 de diciembre de 1938, Aguirre Cerda indultó a González y a los demás implicados en el golpe. El mismo gobierno que había llegado al poder con sus votos ahora los liberaba. El 24 de enero de 1939, el terremoto de Chillán dejó más de 24.000 muertos¹⁶. Aguirre Cerda envió al Congreso un proyecto que combinaba reconstrucción y fomento productivo: la CORFO. La derecha intentó eliminar el fomento, pero la urgencia de la catástrofe y una maniobra reglamentaria del gobierno forzaron su aprobación. Los votos de la VPS —que aún contaba con tres diputados en la Cámara— fueron decisivos para los impuestos extraordinarios que financiaron el proyecto industrializador más importante del siglo XX chileno¹⁷.
El MNS, para sobrevivir al estigma de la masacre y al creciente rechazo al nazismo europeo, se refundó en enero de 1939 como Vanguardia Popular Socialista (VPS). Era el mismo movimiento con otro nombre: un intento de desprenderse de la camisa parda y abrazar un lenguaje de izquierda, con declaraciones que reconocían la lucha de clases y la necesidad de nacionalizar los recursos. La izquierda lo recibió con desconfianza. Clotario Blest, que había visto a los nacistas asaltar organizaciones obreras, lo llamó “entrismo”. Su desconfianza no era un prejuicio: era la experiencia de una década de combates callejeros. Pero esa desconfianza, aunque justificada, también impidió la unidad que el enemigo común exigía.
El 10 de julio de 1940, Aguirre Cerda indultó a todos los reos del Seguro Obrero, incluyendo a Arriagada¹⁸. La Ley de Amnistía N° 6.885 de 1941, dictada bajo el gobierno del Frente Popular, no distinguía entre víctimas y verdugos: amnistiaba a los jóvenes que se habían alzado y a los carabineros que los habían ejecutado. Esa simetría era la fórmula de la impunidad. Arriagada nunca pisó una cárcel¹⁹. La sangre derramada en las escaleras no tenía dueño: el sistema se había protegido a sí mismo.
Carlos Keller no acompañó el giro hacia la VPS. No porque fuera más derechista, sino porque consideró que González había cometido un error táctico al llevar a los jóvenes a una muerte inútil. En 1949 publicó La locura de Juan Bernales, una novela donde retrató a su antiguo líder como un megalómano que arrastró a la juventud al matadero²⁰. Keller mantuvo el diagnóstico —la crítica al capitalismo, la nacionalización de los recursos, el rechazo a la oligarquía— hasta el final. Militó en la Falange Nacional y se acercó a la Democracia Cristiana, demostrando que el soberanismo podía encontrar cauces incluso en la centro-derecha²¹. González, en cambio, terminó como secretario general del Partido Liberal: el partido de la misma oligarquía que había ordenado matarlos.
La VPS logró elegir solo dos diputados en 1941 —Jorge González von Marées y Gustavo Vargas Molinare—, mientras Fernando Guarello, que había sido parte de la bancada de 1937, perdió su escaño. La izquierda no confiaba en ellos; la derecha los veía como traidores. Fue su último estertor parlamentario. Un año después, el movimiento se disolvió²².
Pero el MNS murió y mutó, y sus bases y cuadros no tuvieron nada que ver con la traición del jefe. Keller mantuvo el diagnóstico. Y los sobrevivientes de la masacre también. Uno de los sobrevivientes, Facundo Vargas, llegó a la Unidad Popular. También lo hizo Óscar Jiménez Pinochet, que no había estado en el Seguro Obrero, sino en la Radio Hucke, pero compartía con ellos el diagnóstico y la condena. De los cuatro sobrevivientes, al menos uno de ellos, Vargas, llegó a la Unidad Popular. Y sería torturado y asesinado cuarenta años después, en el Buque Lebu, cuando la dictadura de Pinochet hacía la misma labor que Arriagada en 1938.
El gobierno de Eduardo Frei Montalva (1964-1970) aplicó dos políticas que los nacistas habían exigido: la chilenización del cobre (51% estatal, Acuerdo de 1969) y la reforma agraria (expropiación de latifundios)²³. Frei no hizo eso por convicción soberanista: el “Naranjazo” de 1964 había demostrado que el pueblo ya no toleraba la entrega total de los recursos. Pero dentro de la DC había figuras, como Radomiro Tomic y el joven Jorge Lavandero, que sí compartían ese diagnóstico. Tomic, candidato presidencial de la DC en 1970, defendió abiertamente la nacionalización del cobre durante su campaña.
En 1970, Allende ganó la presidencia por un estrecho margen de 39.000 votos. Su gobierno avanzó rápidamente, y al año siguiente nacionalizó el cobre²⁴. Esta decisión selló su destino: la oligarquía chilena y el gobierno de Estados Unidos no lo tolerarían.
La CIA, por orden directa de Nixon, puso en marcha una doble estrategia: una vía política, para bloquearlo con presión diplomática y económica, y una vía militar, secreta, para promover un golpe de estado que lo derrocara²⁵. En el frente interno, grupos paramilitares de ultraderecha como Patria y Libertad, funcionales al imperialismo, operaron como brazo armado de la misma estrategia de desestabilización.
Allende nombró a Óscar Jiménez Pinochet —ex nacista condenado a quince años por el golpe del 38— como Ministro de Salud. Jiménez había tomado la Radio Hucke. Su trayectoria política fue un viaje a través del espectro: PAL, PADENA, PSD, Radical²⁶. Su presencia en el gabinete era una prueba viviente: el diagnóstico antioligárquico podía ser compartido por nacionalistas y socialistas.
Facundo Vargas, uno de los cuatro sobrevivientes de la masacre, se organizaba como dirigente sindical en Valparaíso. El 11 de septiembre de 1973, la Fuerza Aérea bombardeó La Moneda. Allende murió. El golpe instaló una dictadura que, como la masacre del 38, vino a limpiar el orden de quienes amenazaban el fundo. Vargas fue detenido y torturado en el Buque Lebu, expropiado por la Armada el 15 de septiembre de 1973. Allí, cuarenta años después de sobrevivir a la masacre del Seguro Obrero, fue asesinado²⁷.
El uniforme cambió —Carabineros en el 38, la Fuerza Aérea en el 73— pero la lógica fue la misma: aplastar a quien toque el cobre.
Quizás esa sea la lección más incómoda de septiembre: hombres que habían estado enfrentados en las calles terminaron encontrándose en torno a un mismo problema nacional. No porque hubieran dejado de ser nacionalistas, socialistas o democratacristianos, sino porque descubrieron que podían coincidir en algo anterior a esas etiquetas: quién debía decidir sobre Chile.
El soberanismo contemporáneo reivindica esta historia. Sabe que la dicotomía izquierda-derecha fue diseñada para dividir a los que tienen el mismo enemigo. Sabe que la desconfianza, aunque justificada, puede ser un obstáculo para la unidad necesaria.
Hoy los uniformes son otros. No es la misma mano, pero es la misma lógica: distintas fuerzas del Estado han sido utilizadas para preservar un orden político y económico que concentra la riqueza y entrega los recursos.
Las escaleras del Seguro Obrero siguen ahí. La sangre de los cincuenta y nueve jóvenes, y la de Facundo Vargas en el Buque Lebu, son una misma mancha: la de los que intentaron tomar el control de su destino y pagaron con la vida.
Porque un pueblo que no aprende de sus muertos termina heredando sus derrotas.
Notas
1. Droguett, Carlos. Los asesinados del Seguro Obrero, Editorial Ercilla, 1940.
2. Droguett, Carlos. Los asesinados del Seguro Obrero, 1940.
3. González fue miembro de la TEA (Tenacidad, Entusiasmo y Abnegación), organización secreta nacionalista que operó entre 1923 y 1924. Fuente: Alliende Wood, Rodrigo. El Jefe, la vida de Jorge González von Marées, Ediciones Los Castaños, 1990.
4. Keller, Carlos. La eterna crisis chilena, 1931.
5. González von Marées, Jorge. Tesis de grado “El problema obrero en Chile”, 1923.
6. Keller, Carlos. La eterna crisis chilena, 1931.
7. La Milicia Republicana fue financiada y armada por el gobierno de Alessandri, alcanzando los 40.000 hombres. Fuente: Cortés Morales, Julio. “’La Torre de sangre’: El Movimiento Nacional-Socialista y la Masacre del Seguro Obrero en 1938”, en ¿Patria o Caos? El archipiélago del posfascismo y la nueva derecha en Chile, Editorial Tempestades, 2021.
8. El mito del “judeo-bolchevismo” fue ampliamente difundido en la prensa y la propaganda de la derecha continental durante las décadas de 1920 y 1930.
9. Declaración del general Tobías Barros Ortiz, citada en Balart Contreras, René. “La masacre del Seguro Obrero”, Punto Final, edición 554.
10. Balart Contreras, René. “La masacre del Seguro Obrero”, Punto Final, edición 554.
11. Balart Contreras, René. “La masacre del Seguro Obrero”, Punto Final, edición 554.
12. Donoso, Ricardo. Alessandri, agitador y demoledor, Fondo de Cultura Económica, 1954.
13. Balart Contreras, René. “La masacre del Seguro Obrero”, Punto Final, edición 554.
14. Los cuatro sobrevivientes fueron Alberto Montes, Facundo Vargas, Daniel Hernández Acosta y Carlos Pizarro. El diputado Raúl Marín Balmaceda logró sacarlos con vida mediante engaño, mintiendo sobre una orden presidencial. Fuente: Balart Contreras, René. “La masacre del Seguro Obrero”, Punto Final, edición 554.
15. Moulian, Tomás. Fracturas: De Pedro Aguirre Cerda a Salvador Allende (1938-1973), LOM Ediciones, 2006.
16. El terremoto de Chillán ocurrió el 24 de enero de 1939, con una magnitud de 8,3 grados, dejando más de 24.000 muertos. Fuente: Archivo Nacional de Chile.
17. La Vanguardia Popular Socialista (VPS), heredera del MNS, contaba con tres diputados —Jorge González von Marées, Fernando Guarello Fitz-Henry y Gustavo Vargas Molinare— durante la discusión de la ley que creó la CORFO. Su apoyo fue decisivo en la Cámara de Diputados para la aprobación de los gravámenes a las grandes empresas que financiaron el proyecto. Fuente: Vega Neira, Constanza. La Vanguardia Popular Socialista y el Frente Popular 1938-1942. Tesis de Grado, Universidad de Valparaíso, 2011.
18. El 10 de julio de 1940, Aguirre Cerda indultó a todos los reos del Seguro Obrero. Fuente: Donoso, Ricardo. Alessandri, agitador y demoledor (1954).
19. Ley de Amnistía N° 6.885 de 1941. Fuente: Lira, Elizabeth y Loveman, Brian. “Ley de Amnistía y olvido: el caso de la masacre del Seguro Obrero”, en Revista de Historia Social, 2005.
20. Keller, Carlos. La locura de Juan Bernales, 1949 (publicada 1974). La interpretación de la novela como crítica velada a González es del autor de este ensayo.
21. Sobre la militancia de Keller en la Falange Nacional, ver su biografía en la Biblioteca del Congreso Nacional.
22. Resultados de las elecciones parlamentarias de 1941. Fuente: Urzúa Valenzuela, Germán. Historia política de Chile y su evolución electoral (desde 1810 a 1992). Santiago: Editorial Jurídica de Chile, 1992.
23. El gobierno de Frei Montalva impulsó la “chilenización del cobre” mediante el Acuerdo de 1969 con las transnacionales. Fuente: Moulian, Tomás. Fracturas (2006).
24. El 11 de julio de 1971, el Congreso aprobó por unanimidad la nacionalización del cobre. Allende lo llamó “el día de la Dignidad Nacional”. Fuente: Archivo Nacional de Chile.
25. Sobre el rol de la CIA en la desestabilización de Allende, ver el Informe Church del Senado de Estados Unidos (1975); y Kornbluh, Peter. The Pinochet File: A Declassified Dossier on Atrocity and Accountability, The New Press, 2003.
26. Óscar Jiménez Pinochet fue ministro de Salud Pública de Salvador Allende entre 1970 y 1971. Fuente: Valenzuela, Emiliano. La generación fusilada (2017).
27. Sobre la detención y tortura de Facundo Vargas en el Buque Lebu, ver el Informe Rettig; y Valenzuela, Emiliano. La generación fusilada (2017). Ver también Memoria Viva sobre el Buque Lebu.
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