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El Sistema de Admision Escolar (SAE) puede democratizar el ingreso; ahora el desafío es democratizar las oportunidades. Mientras el origen siga condic
A partir de la película Parasite, Miguel Ángel Rojas Pizarro invita a reflexionar sobre una de las frases más repetidas en nuestra sociedad: "el pobre es pobre porque quiere". Con un lenguaje cercano y apoyándose en las ideas de Pierre Bourdieu, en investigaciones sobre movilidad social y en ejemplos de la realidad chilena, el autor cuestiona cuánto dependen realmente nuestras oportunidades del esfuerzo personal y cuánto del lugar donde nacemos. Más que entregar respuestas definitivas, esta columna busca abrir una conversación necesaria sobre la desigualdad, el mérito y el desafío de construir un país donde el origen no determine el futuro.
El Pobre es Pobre porque quiere
¿El éxito depende únicamente del esfuerzo personal
o también del lugar donde nacemos?
Miguel Angel Rojas Pizarro
Psicólogo – Profesor de
Historia – Psicopedagogo.
Hay
películas que entretienen y otras que incomodan. Parasite (2019)
pertenece a estas últimas. Uno termina de verla y la pregunta sigue dando
vueltas en la cabeza: ¿quién es realmente el parásito?
A simple vista parece una historia sobre una familia pobre que engaña a una familia rica para conseguir trabajo. Pero si uno se queda solo con esa idea, pierde lo mejor de la película. Porque, en realidad, el director Bong Joon-ho nos obliga a mirar mucho más allá. Nos enfrenta a un sistema donde ricos y pobres dependen unos de otros, pero viven en mundos completamente distintos. Y es precisamente ahí donde resulta imposible no pensar en Chile.
El sociólogo francés Pierre Bourdieu decía que las desigualdades no existen solo porque unos tienen más dinero que otros. También existen porque unos nacen con mejores redes de contacto, mejor educación y códigos sociales que les permiten abrir puertas con mucha más facilidad. Es decir, algunos parten la carrera varios metros más adelante.
Eso explica por qué en Parasite la familia Kim debe fingir ser otra persona para tener una oportunidad. No basta con ser inteligente o trabajador. Hay que hablar de cierta manera, vestir de cierta forma, tener determinados títulos y saber moverse en un ambiente que nunca fue pensado para ellos. ¿No ocurre algo parecido en Chile?
Todavía hay quienes creen que el colegio donde estudiaste, el barrio donde creciste, tu apellido o la universidad a la que asististe dicen mucho más de ti que tu esfuerzo. La famosa igualdad de oportunidades sigue siendo, para muchos, más una promesa que una realidad.
Pero la escena que más me golpeó no fue la del engaño. Fue cuando el acaudalado señor Park habla del "olor" del chofer.
Nunca dice que sea un mal trabajador. Nunca cuestiona su capacidad. Solo dice que tiene un olor que no soporta. No es un olor físico. Es el olor de la pobreza, de la diferencia, de alguien que pertenece a otro mundo. Y, pensándolo bien, ese "olor" también existe en Chile. Bourdieu llamaba a este fenómeno violencia simbólica: formas de discriminación tan naturalizadas que dejan de percibirse como violencia. No se expresan mediante insultos o agresiones, sino a través de gestos, silencios, prejuicios y códigos sociales que terminan recordándole a ciertas personas cuál es el lugar que la sociedad espera que ocupen.
No porque alguien rechace
literalmente a otra persona por cómo huele, sino porque muchas veces quienes
tienen poder parecen incapaces de entender cómo vive la mayoría. Da la impresión
de que existen dos Chiles: uno donde se discuten cifras, reformas y
estrategias, y otro donde las personas simplemente intentan llegar a fin de
mes, esperan meses por una atención médica o viven con miedo de volver tarde a
sus casas.
Esa sensación de distancia probablemente explica por qué tantos chilenos sienten desconfianza hacia la política. No es casualidad que programas como Sin Filtros tengan tanta audiencia. Más allá del tono confrontacional, reflejan un sentimiento que se escucha con frecuencia: la idea de que la clase política habla mucho entre ella, pero escucha poco a quienes dice representar.
Y esa crítica no apunta
únicamente al gobierno del presidente Jose Kast. Sería injusto decirlo. Es una
percepción que se ha repetido con gobiernos de distintos colores políticos. Han
cambiado los nombres, los partidos y los discursos, pero la distancia entre
representantes y ciudadanos parece seguir ahí. Quizás ese sea el verdadero
"olor" de nuestra sociedad: la desconexión.
Sin embargo, tampoco sirve caer en el pesimismo. Si aceptamos que el problema es estructural, entonces también debemos pensar en soluciones estructurales.
Toda transformación profunda comienza en la educación. No hablo solo de mejorar resultados en matemáticas o lenguaje. Hablo de formar ciudadanos. Personas capaces de pensar críticamente, debatir con respeto, comprender distintas realidades y desarrollar empatía.
Una sociedad no cambia únicamente porque aumente el consumo o el acceso a bienes materiales. Puede haber más automóviles, más televisores o más crecimiento económico, pero si las oportunidades continúan dependiendo del lugar donde una persona nace, la desigualdad seguirá reproduciéndose. Una buena señal para cualquier democracia es ver a sus autoridades compartir los mismos espacios que la ciudadanía. Viajar en Metro, esperar un consultorio o recorrer una escuela pública no los hace mejores gobernantes por sí solo, pero sí les permite comprender que detrás de cada estadística existen personas con nombres, historias y dificultades concretas.
Pero la responsabilidad no recae solo en las escuelas. La política también necesita hacer una profunda autocrítica. Durante años ha ido perdiendo credibilidad porque muchas veces parece más preocupada de ganar la próxima discusión televisiva que de resolver los problemas cotidianos de las personas. La ciudadanía necesita líderes que escuchen más y hablen menos; que recorran los barrios sin cámaras, ni historias vacías para el Instagram; que conozcan la realidad antes de legislar sobre ella.
Pierre Bourdieu advertía que
las élites tienden a reproducirse. No solo heredan dinero. También heredan
formas de pensar, redes de contacto y espacios de poder. Romper ese círculo
exige voluntad política, pero también una ciudadanía más informada, más exigente
y más comprometida.
El documental: Cementerio de
Talentos (2013), emitido por Informe Especial de TVN, entregó una evidencia
difícil de ignorar. Basándose en una investigación de los economistas Dante
Contreras, Jorge Rodríguez y Sergio Urzúa, mostró que incluso cuando dos
jóvenes poseen el mismo talento y obtienen resultados académicos equivalentes,
el origen escolar continúa marcando diferencias profundas en sus oportunidades.
El estudio reveló que, diez años después, quienes habían egresado de colegios
particulares pagados percibían, en promedio, un 50% más de ingresos que
aquellos provenientes de establecimientos municipales con el mismo desempeño
académico. La conclusión resulta inquietante: en Chile el esfuerzo importa,
pero no siempre basta. El lugar donde se estudia sigue abriendo o cerrando
puertas décadas después de haber salido del colegio.
Existen sociedades que comprendieron que la desigualdad no se combate únicamente con discursos sobre el mérito individual. Noruega, por ejemplo, decidió hace décadas invertir de manera sostenida en una educación pública de alta calidad, un sistema universal de salud y una sólida red de protección social.
El resultado no fue una sociedad donde todos ganan lo mismo, sino una donde el lugar de nacimiento pesa mucho menos en el destino de las personas. Algo similar ocurrió en Singapur, que apostó por una educación altamente exigente, viviendas públicas integradas y políticas destinadas a evitar la segregación social. Ninguno de estos países eliminó las diferencias económicas, pero sí logró que el esfuerzo personal tuviera mayores posibilidades de traducirse en movilidad social.
Chile también ha dado pasos importantes. La creación de la Subvención Escolar Preferencial (SEP 2008), la expansión de la educación parvularia, el Programa de Integración Escolar (PIE), la gratuidad en la educación superior para miles de estudiantes y el Sistema de Admisión Escolar representan avances concretos para reducir las brechas de origen.
Sin embargo, persisten profundas desigualdades en la calidad de la educación, la segregación territorial, el acceso a redes de contacto y las oportunidades laborales. El desafío ya no consiste únicamente en ampliar derechos, sino en garantizar que esos derechos se traduzcan efectivamente en oportunidades reales para todas las personas, independientemente de la comuna, el apellido o el hogar en el que nacieron.
Tal vez por eso Parasite sigue siendo una película tan vigente. No habla únicamente de Corea del Sur; habla de todas aquellas sociedades donde el lugar de nacimiento continúa condicionando el lugar al que una persona puede llegar. Nos obliga a preguntarnos cuánto de nuestras oportunidades depende realmente del esfuerzo y cuánto de las ventajas o desventajas con las que comenzamos la vida.
Después de todo, repetir que "el pobre es pobre porque quiere" resulta cómodo. Nos libera de la responsabilidad de mirar las desigualdades que hemos normalizado y nos permite creer que el éxito depende exclusivamente de la voluntad individual. Pero cuando el origen social sigue determinando el acceso a una mejor educación, a mejores redes de contacto y a mayores oportunidades, esa frase deja de ser una verdad y se convierte en una excusa.
La verdadera
pregunta, entonces, no es si el pobre es pobre porque quiere. La pregunta que
debería incomodarnos es otra: ¿aceptaríamos que nuestros propios hijos
comenzaran la carrera de la vida desde el mismo lugar en que hoy la comienzan
los hijos de las familias más vulnerables de Chile? Si la respuesta es no,
entonces el problema nunca fue la falta de esfuerzo de los pobres, sino nuestra
incapacidad para construir un país donde el punto de partida no determine el
destino.
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