Usuarios en linea: 204

Crónica de un plebiscito truncado
Allende iba a anunciar un plebiscito constitucional la mañana del 11 de septiembre de 1973. El golpe lo interrumpió. Ese día los militares rompieron el juramento que los obligaba a respetar el orden constitucional. Esta es la historia de esa traición, y la lección que deja para el pueblo chileno.
La mañana del domingo 9 de septiembre de 1973, Salvador Allende desayunó solo en Tomás Moro. Sobre la mesa, junto a la taza de té, tenía cuarenta páginas mecanografiadas. Era el borrador de una nueva Constitución.
El lápiz se detuvo en el artículo 22. Lo leyó dos veces. "La fuerza pública está constituida única y exclusivamente por las Fuerzas Armadas y el Cuerpo de Carabineros, instituciones esencialmente profesionales, jerarquizadas, disciplinadas, obedientes y no deliberantes." Lo subrayó. No sabía que esa frase, escrita por él, sería violada por el hombre que esa misma tarde iba a sentarse frente a él en ese mismo living.
Allende revisaba las Bases para la reforma de la Constitución Política del Estado, un texto que la Unidad Popular había redactado desde 1972. Era una Constitución completa: definía a Chile como un "país libre, soberano y económicamente independiente", donde "todo el poder reside en el pueblo". Ese era el plebiscito que Allende iba a anunciar. Una consulta de cinco puntos que sometería a votación popular la definición de las tres áreas de la economía —social, mixta y privada—, la resolución del conflicto constitucional con el Congreso, y la propia continuidad del mandato presidencial.
A las once de la mañana llegaron los primeros invitados. Luis Corvalán, Víctor Díaz, Orlando Millas. La cúpula del Partido Comunista escuchó el diagnóstico terminal del Presidente: el golpe era inminente. La salida propuesta era entregar la soberanía al pueblo mediante una consulta de cinco puntos. Corvalán apoyó la medida. Sabía que el gobierno carecía de fuerza militar propia para resistir. El Partido Socialista, liderado por la facción rupturista de Carlos Altamirano, se resistió ferozmente. Cedió recién la noche del lunes 10, tras una intensa gestión de Orlando Letelier.
Pero el error táctico que precipitó la historia ocurrió ese mismo domingo por la tarde.
Allende citó a los generales Augusto Pinochet —recién nombrado Comandante en Jefe tras la caída de Carlos Prats— y Orlando Urbina. Con la intención de disuadir el alzamiento, les reveló que el martes 11 anunciaría el plebiscito por cadena nacional desde la Universidad Técnica del Estado. Pinochet, opaco, respondió: "Eso cambia toda la situación… Ahora va a ser posible resolver el conflicto con el Parlamento."
Pinochet salió de Tomás Moro comprendiendo que el anuncio del plebiscito cambiaba el escenario: si Allende lograba llegar al martes, la conspiración perdería la iniciativa política. El tiempo se había agotado.
Mientras los conspiradores preparaban el golpe, el reloj corría hacia el martes. Ese día Allende pensaba entregar la disputa al voto popular. El plebiscito pendía sobre la jornada como una amenaza para unos y una última esperanza para otros.
Horas más tarde, en Valparaíso, el almirante José Toribio Merino escribió de puño y letra una nota en un pequeño pedazo de papel. El papel fue llevado a Santiago por el contralmirante Sergio Huidobro y el capitán de navío Ariel González, transportado con el sigilo de un artefacto explosivo.
El encuentro ocurrió en la casa de Pinochet. Allí, el vicealmirante Patricio Carvajal y el general Gustavo Leigh acorralaron al Comandante en Jefe del Ejército. El texto de Merino fijaba las coordenadas del alzamiento, dirigiéndose a "Augusto y Gustavo". Carvajal había añadido al reverso una advertencia brutal: "Augusto: Si no pones toda la fuerza en Santiago desde el primer momento, no viviremos para ver el futuro. Pepe."
Leigh firmó de inmediato. Pinochet dudó. Le tembló la mano. Firmó después, cuando el alzamiento de la Marina ya estaba en marcha. Cualquiera que haya sido su cálculo, el resultado fue el mismo: eligió la conspiración. Prefirió la traición con victoria a la fidelidad con muerte honorable. El pacto de sangre fijó el Día D para el 11 de septiembre a las 06:00 horas.
Ese salón burgués donde se firmaba la traición contrasta con brutalidad con las catacumbas del Cuartel Almirante Silva Palma y los buques Lebu y Esmeralda en Valparaíso y Talcahuano. Semanas antes, en julio y agosto de 1973, un grupo de marineros constitucionalistas había descubierto el plan golpista e intentado alertar al gobierno. La oficialidad naval los acusó falsamente de sedición bajo la narrativa propagandística del Plan Z, un montaje de inteligencia militar que simulaba un inminente genocidio ejecutado por la izquierda.
Estos marineros leales fueron torturados en el Cuartel Silva Palma. Fueron silenciados para que el papel de Merino pudiera cruzar la cordillera de la costa hacia Santiago.
"Para los infantes de marina era una práctica en vivo, fuimos sus conejillos de indias", declaró uno de los torturados.
Mientras Pinochet dudaba en firmar, los marineros que habían intentado defender la Constitución ya estaban colgados de los tobillos en el Silva Palma.
El martes 11 de septiembre, a las 07:20 de la mañana, Salvador Allende ingresó a La Moneda por la puerta de Morandé 80, la misma que usaría para entrar y salir durante su mandato, y que la dictadura tapiaría después para borrar su rastro. Mientras el Presidente se encerraba en su despacho, las radios opositoras difundían las primeras proclamas militares, exigiendo su renuncia.
La estrategia golpista empezó por el aislamiento comunicacional. A escasas cuadras de La Moneda operaba el cerebro del proyecto Synco, diseñado por el británico Stafford Beer. Era una red cibernética pionera que conectaba las fábricas de Chile mediante máquinas de télex para planificar la economía en tiempo real, un sistema que había permitido neutralizar el devastador paro de camioneros de 1972. La sala de operaciones, con un diseño futurista y sillas hexagonales, representaba la promesa de un socialismo tecnológico.
Tras el golpe, el proyecto fue desmantelado. La sala de operaciones quedó inutilizada y Synco desapareció junto con el proyecto político que le daba sentido. El futuro planificado fue apagado a culatazos.
Simultáneamente, a las 08:30, los aviones Hawker Hunter comenzaron el bombardeo de las antenas de transmisión de las radios leales, Portales y Corporación. En La Moneda, los teléfonos enmudecían progresivamente. Allende, rodeado de sus leales, se aferraba al viejo teléfono a magneto, la última línea que los militares no habían podido rastrear, en un intento desesperado por proyectar su voz hacia un país que estaba siendo secuestrado en el silencio.
"Lo que deseo es que los trabajadores estén atentos, vigilantes, que eviten provocaciones", había dicho a las 07:55.
A las 11:52, el infierno descendió. En 16 minutos, los Hawker Hunter dejaron caer 18 cohetes SNEB sobre el Palacio de La Moneda. Bajo una nube de humo espeso, gas lacrimógeno y fuego, Allende resistió con un casco militar y el fusil AK-47 que le regaló Fidel Castro.
En ese apocalipsis de pólvora, el tiempo pareció suspenderse para permitir una retrospectiva vital del hombre que encarnó la síntesis histórica de Chile.
Allende era el producto de la épica republicana y la miseria popular. Bisnieto de Gregorio Allende, guardia de O'Higgins; nieto del médico Ramón Allende Padín, fundador de las escuelas laicas y Gran Maestro de la Masonería. Su padre combatió en la Guerra Civil de 1891 por el bando congresista. Esa cuna de élite librepensadora se cruzó con el pueblo a través de Mamá Rosa, su nana, y de Juan Demarchi, un carpintero anarquista italiano que le enseñó a jugar ajedrez mientras le hablaba de Bakunin y de la lucha obrera en Valparaíso.
El joven médico patólogo forjó su conciencia frente a los cadáveres: más de 1.500 autopsias le mostraron que los chilenos morían de hambre y tuberculosis. Su tesis de grado en 1933, Higiene mental y delincuencia, refutó los preceptos biológicos de Cesare Lombroso, estableciendo que el delito provenía de factores socioeconómicos y culturales. Décadas después, esa tesis fue distorsionada para acusarlo de eugenesia, una acusación que la Fundación Allende refutó al reproducir el texto original de 1933.
Masón, como su abuelo y su padre, y Venerable Maestro de su logia. La masonería fue para él una herencia y una red de poder. Fundó el Partido Socialista en 1933 y experimentó la violencia callejera enfrentándose a puñetazos con el Movimiento Nacional Socialista. Vistió el uniforme de las Milicias Socialistas. Tras la masacre del Seguro Obrero en 1938, el nacionalismo popular mutaría: varios de aquellos nacistas, como Facundo Vargas y el médico Óscar Jiménez Pinochet, convergieron con el allendismo, descubriendo que ambos bandos compartían el anhelo de soberanía nacional y la condena a la oligarquía. En 1973, nacionalistas populares y marxistas serían devorados por la misma maquinaria represiva.
Bajo el bombardeo, la soledad de Allende era inmensa. Su propio partido, dirigido por Carlos Altamirano bajo el grito de "Avanzar sin transar", lo había aislado, considerándolo demasiado reformista. La izquierda radicalizada prefirió la pureza ideológica a la victoria, allanando en la práctica el camino al golpe. Aquí hay una lección fundamental para el soberanismo: el maximalismo y la fragmentación no debilitan al enemigo; lo fortalecen.
La Democracia Cristiana, bajo Eduardo Frei Montalva —antiguo amigo íntimo— y Patricio Aylwin, había cerrado todas las puertas al diálogo tras el Tanquetazo del 29 de junio. La DC también tiene su parte en esta historia.
Allende, encerrado en La Moneda esa mañana, preguntó por él. No respondía. Confiaba en Pinochet: lo había nombrado Comandante en Jefe por consejo de Prats, el mismo que había renunciado semanas antes. Cuando el silencio se hizo insoportable, Allende creyó que su general estaba preso, detenido por los conspiradores. "Pobre Pinochet", dijo. "Debe estar preso." A las 9:00, el primer comunicado de la Junta, difundido por radio y firmado por los cuatro comandantes en jefe, despejó la incógnita. Pinochet no estaba preso. Pinochet encabezaba la traición. Allende lo supo antes de morir.
Sus únicos soportes fueron un puñado de leales: civiles de las JAP, obreros de los cordones industriales, y los oficiales herederos de la Doctrina Schneider: el general René Schneider, asesinado por la extrema derecha en 1970; Carlos Prats, quien impulsó el Plan Regulador 1971-1976 para garantizar la soberanía geoeconómica del Ejército; el Edecán Naval Arturo Araya Peeters, asesinado en julio del 73; y los generales Bachelet y Poblete.
Mientras los Hawker Hunter destruían el palacio presidencial, un zoom out geográfico revela a otros arquitectos del desastre. Una parte decisiva de la historia del golpe comenzó tres años antes, a 8.000 kilómetros de distancia.
El 15 de septiembre de 1970, en el Salón Oval de la Casa Blanca, el Presidente de EE.UU. Richard Nixon, su Asesor de Seguridad Nacional Henry Kissinger, y el Director de la CIA Richard Helms, sentenciaron a Chile. Las notas manuscritas de Helms de esa reunión son el acta fundacional del terror: "One in 10 chance perhaps, but save Chile! ... $10,000,000 available, more if necessary... Make the economy scream (Hacer gritar la economía). 48 hours for plan of action."
La Casa Blanca no temía una alianza militar chileno-soviética. Kissinger lo dejó claro en sus memorandos preparatorios para la sesión del National Security Council de noviembre de 1970: el verdadero peligro era el "efecto modelo". Si una revolución socialista triunfaba democráticamente en Chile, el contagio hacia Europa —Italia y Francia— sería incontrolable.
Así nació el Proyecto FUBELT, un plan encubierto que financió el asesinato del general René Schneider en 1970 para evitar la ratificación de Allende en el Congreso. Washington no actuó solo; el capital multinacional dictaba la pauta. Corporaciones como ITT, Anaconda y Kennecott —cuyas minas fueron nacionalizadas soberanamente el 11 de julio de 1971— presionaron sin tregua para estrangular económicamente al país.
El arma más letal fue psicológica. Agustín Edwards Eastman, dueño de El Mercurio y vicepresidente de PepsiCo, viajó a Washington para discutir la situación chilena con funcionarios estadounidenses y participó en los esfuerzos destinados a fortalecer la oposición a Allende. Según el Informe Church —el documento oficial del Senado de EE.UU. (1975) que destapó las operaciones encubiertas—, la CIA destinó más de 8 millones de dólares a Chile, de los cuales sobre 1,5 millones fueron directamente a financiar a El Mercurio y otras agencias de prensa para generar el clima de sedición.
Esto no es conspiranoia: son documentos desclasificados. Las notas de Helms, el Informe Church, la NSDM 93. La historia se escribe con archivos, no con rumores.
Los militares que bombardearon La Moneda creían librar una guerra patriótica. En realidad, operaban como la mano de obra subcontratada de un diseño geopolítico extranjero. La soberanía nacional ya había sido vendida.
Dos horas y media antes de que los cohetes cayeran sobre La Moneda, a las 09:10 de esa misma mañana, el director de Radio Magallanes, Guillermo Ravest, y el radiocontrolador Amado Felipe sabían que pronto serían bombardeados.
El viejo teléfono a magneto sonó. Allende exigió salir al aire inmediatamente, sin tiempo para ordenar la grabación. Amado Felipe bajó el volumen de la música, y el periodista Leonardo Cáceres anunció el discurso. Allende, rodeado de traición, con el plebiscito cancelado y la muerte asomando por las ventanas, improvisó una pieza oratoria que reemplazó al decreto perdido. Habló para la historia.
"Esta será, seguramente, la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura, sino decepción, y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieran: soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino, que se ha autodesignado, más el señor Mendoza, general rastrero que solo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al Gobierno, también se ha autodenominado director general de Carabineros. Ante estos hechos, solo me cabe decirles a los trabajadores: yo no voy a renunciar. ... Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa, lo seguirán oyendo, siempre estaré junto a ustedes. ... Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! ... Tengo la certeza de que por lo menos será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición."
Pinochet, al otro lado de los radios militares, ofrecía sacarlo del país para luego derribar el avión en pleno vuelo: "Pero el avión se cae, viejo, cuando vaya volando." Allende lo sabía, y su decisión de quedarse fue el último acto de independencia nacional.
A las 10:20, la radio fue sacada del aire a la fuerza. En medio de la desesperación, Ravest y Felipe copiaron la grabación en cintas magnéticas pequeñas. Días después, cuando se levantó el toque de queda, Ravest sacó las cintas escondidas en la bolsa de tejer de su esposa, la periodista Ligeia Balladares, salvaguardando la memoria de la República. A Amado Felipe, el hombre que operó las perillas ese día, Ravest nunca más lo volvió a ver en su lugar de trabajo.
El 11 de septiembre truncó el anuncio de un plebiscito que pudo haber detenido la masacre. No fue solamente un gobierno el que fue derribado aquella mañana: también fue interrumpida una decisión que debía pasar por las urnas. El proyecto de soberanía industrial, tecnológica y popular fue entregado a la Doctrina de Seguridad Nacional y a la brutal experimentación de los Chicago Boys.
Pero la cinta magnética sobrevivió a los escombros de La Moneda. Y las Bases para la reforma de la Constitución Política del Estado —el texto que Allende revisaba esa mañana de domingo en Tomás Moro— también sobrevivieron. Se perdieron en las ruinas, se creyeron quemadas. Veinte años después, el jurista Eduardo Novoa Monreal —el mismo que había diseñado los resquicios legales que usó la Unidad Popular— encontró un ejemplar y lo publicó en 1993.
La puerta de Morandé 80, por donde Allende entró a La Moneda esa mañana, fue tapiada por la dictadura para borrar su rastro. En 2003, a treinta años del golpe, fue reabierta. Hoy hay un monolito frente a ella.
Tres objetos: la cinta, las Bases, la puerta. Los tres sobrevivieron al intento de borrado. Los tres son la prueba material de que el proyecto de soberanía popular no desapareció con el bombardeo.
Hay una lección para el soberanismo en esta historia. Pinochet traicionó a quien confió en él. Traicionó la Constitución que juró defender. Traicionó a los militares que se negaron a seguirlo y fueron torturados por ello. El soberanismo no puede reivindicar a Pinochet. Quien defiende a Pinochet no defiende a Chile: defiende la traición. Y el soberanismo es lo contrario de la traición.
La orden que no se cumplió fue la de lealtad a la Constitución. La que Pinochet firmó violar ese domingo del 9 de septiembre, en su propio living, mientras le temblaba la mano. La que los marineros del Silva Palma intentaron defender y pagaron con tortura. La que Schneider y Araya y Prats y Bachelet pagaron con la vida.
Allende no alcanzó a dar la orden al pueblo. Pero el pueblo la escuchó igual, en una cinta magnética que atravesó el silencio de la dictadura.
"Mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre."
Notas:
Descubre más historias, noticias y opiniones de nuestra comunidad.
Presenta la obra de teatro El Carnaval de los Animales, con funciones en el Centro GAM
La banda celebra un disco histórico en la importante escena penquista, este viernes 1º de agosto
El animal, que se distribuye en gran parte del territorio nacional, no había colonizado desde Copiapó hacia el norte, hasta ahora. El investigador de FAVET, Gabriel Lobos, asegura que su llegada puede amenazar la flora y fauna de estos ambientes ex [...]