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Una invitación a recordar a Federico García Lorca a noventa años de su asesinato. A través de una poesía íntima y fraterna, el autor recorre la intolerancia que intentó silenciar al poeta y la enfrenta con la fuerza de su legado. Entre Granada, la luna y la memoria, Hermano Federico invita a descubrir por qué se puede matar a un hombre, pero nunca aquello que su palabra ha sembrado en los demás.
Hermano Federico
A 90 años del asesinato de Federico
García Lorca
Federico, hermano
mío,
noventa años han
pasado
y todavía sigues
andando.
Te llevaron una noche
por los caminos de
Granada,
con la luna entre los
montes
y la muerte
preparada.
Quizás fue la misma
luna
que acompañaba a tus
gitanos,
la que vio pasar tus
pasos
por aquel último
camino.
Creyeron que unos
fusiles
bastaban para matar
un canto.
No entendieron que se
mata un cuerpo,
pero jamás un sueño.
Te mataron, Federico,
pero te nacieron
hermanos:
en España, en Chile,
en las escuelas y los
campos,
entre obreros,
mujeres y poetas.
También quisieron
encerrarte
como a las hijas de
Bernarda Alba:
cerrar puertas,
imponer silencio.
Pero la poesía sabe
escapar.
Hoy los fusiles se
han oxidado
y los verdugos se
marcharon.
Tú permaneces en cada
libro,
en cada teatro, en
cada niño que lee.
Noventa años después,
Federico,
la luna sigue sobre
Granada.
Y nosotros, tus
hermanos,
seguimos pronunciando
tu nombre.
No pudieron
enterrarte, Federico.
Porque para enterrar
a un hombre
basta una fosa.
Pero para enterrar su
palabra
tendrían que
enterrarnos a todos.
Y aquí estamos,
hermano.
Todavía leyendo.
Todavía recordando.
Todavía contigo.
Epílogo
La muerte de Federico García Lorca nos enfrenta a una de las contradicciones más profundas de la intolerancia: creer que eliminando al hombre es posible eliminar también aquello que representa. Quienes recurren a la violencia suelen imaginar que el silencio impuesto al cuerpo terminará extendiéndose sobre las ideas, los sueños y la memoria. Sin embargo, la historia demuestra muchas veces lo contrario: los asesinos pueden vencer sobre el cuerpo, pero fracasar frente al símbolo.
Hay algo del antiguo Calvario que vuelve a aparecer cada vez que una sociedad condena a un ser humano por aquello que piensa, crea, representa o simplemente por ser diferente. No porque Lorca pueda compararse con Cristo, sino porque el Calvario permanece como una imagen universal del sufrimiento humano: el inocente frente a sus acusadores, la soledad ante la violencia, el cuerpo derrotado mientras aquello que representa comienza, paradójicamente, a hacerse más grande.
Jesús fue llevado hacia una cruz. Federico fue conducido por los caminos de Granada hacia un lugar del que nunca regresaría. Entre ambos acontecimientos existen siglos, creencias y circunstancias completamente diferentes. Pero permanece una pregunta incómoda: ¿por qué los seres humanos seguimos necesitando crucificar aquello que no comprendemos?
Noventa años después, sabemos que
las balas pudieron terminar con la vida de Lorca, pero fueron incapaces de
terminar con su palabra. Sus verdugos consiguieron el silencio de una
madrugada; Federico conquistó la memoria de generaciones.
Quizás ese sea el fracaso definitivo de toda intolerancia. Puede levantar cruces, cavar fosas, disparar fusiles y prohibir palabras, pero no puede controlar aquello que ocurre después en la conciencia de los hombres.
Por eso recordar a Lorca no significa solamente recordar a un poeta asesinado. Significa preguntarnos cuántos calvarios seguimos construyendo cuando convertimos al diferente en enemigo.
Porque mientras exista un ser
humano perseguido por pensar distinto, amar distinto, crear libremente o
negarse a vivir de rodillas, el camino hacia el Calvario seguirá abierto.
Y tal vez nuestra tarea más humana sea, de una vez por todas, dejar de buscar a quién crucificar y comenzar, sencillamente, a reconocernos como hermanos.
Miguel Ángel Rojas Pizarro
Psicólogo Educacional, profesor de Historia y Geografía y psicopedagogo. Académico y escritor chileno, vinculado al ámbito de la educación pública. Autor de Aún tenemos pedagogía, ciudadanos y Manual Definitivo del PME. Su escritura aborda educación, memoria, cultura y dignidad humana desde una perspectiva reflexiva y humanista.
Contacto: [email protected]
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