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La columna visibiliza la realidad de miles de madres que crían a hijos e hijas neurodivergentes en un contexto de abandono institucional, sobrecarga emocional y falta de políticas públicas efectivas. A partir de una mirada crítica, el texto denuncia cómo los recortes en educación especial, salud mental y programas de apoyo profundizan la desigualdad y trasladan la responsabilidad del cuidado a mujeres que muchas veces ya están al límite. El artículo plantea una pregunta urgente: ¿quién cuida a quienes cuidan? Desde esa reflexión, interpela al Estado a reconocer la maternidad en la neurodivergencia como una realidad política que requiere financiamiento, redes de apoyo, transporte accesible, educación inclusiva y salud mental digna para las familias cuidadoras.
"Miles de madres sostienen a sus hijos e hijas neurodivergentes sin red, sin apoyo y sin que nadie las sostenga. Mientras tanto, el gobierno propone recortar los pocos programas existentes, y aun así ellas siguen parándose día a día. Esta columna es por y para ellas."
Maternar no es solo un acto de amor. En el Chile de hoy, es un acto de resistencia.
Mientras las campañas del Día de la Madre nos venden una maternidad idealizada y pasiva, miles de nosotras sostenemos una realidad que el sistema prefiere ignorar. Hablo de la maternidad real. De la que se vive en silencio, sosteniendo a hijos e hijas neurodivergentes, muchas veces sin red, sin pareja, con trabajos precarios o incompatibles con las necesidades de cuidado que eso exige. Mujeres en la primera línea del cuidado, pero en el último lugar de la política pública.
El recorte presupuestario: una violencia política
Los recortes que el actual gobierno pretende implementar bajo la excusa de la "eficiencia económica" no son meros ajustes técnicos en una planilla Excel. Son decisiones políticas que golpean directamente a quienes ya están al límite. Recortar en educación especial, en salud mental y en programas de apoyo para la neurodivergencia y la discapacidad no ahorra recursos: transfiere una carga mayor al cuerpo y a la salud mental de madres que ya están sobreexigidas. Es el Estado desertando de su deber, dejando a la deriva a quienes más necesitan su protección: a la discapacidad, a la neurodivergencia, a todo lo que se salga de la llamada "normalidad".
Y aquí me detengo: históricamente se nos ha dicho que lo que ocurre dentro de casa se queda ahí, por ser un "asunto privado". Pero cuando una madre no puede trabajar porque el Estado no garantiza cuidados para su hijo o hija neurodivergente, eso no es un problema personal: es una falla política que exige una respuesta del Estado. Cuando una madre se aterra pensando en el futuro porque no existe garantía de autonomía para su pequeño o pequeña, también es política. Somos nosotras quienes hemos parchado y seguiremos parchando las grietas de un sistema que no está diseñado para la diversidad. Ser madre de la neurodivergencia hoy es también una identidad política.
¿Quién cuida a quienes cuidan?
La salud mental de las madres cuidadoras es la "cifra negra" de nuestra sociedad. El agotamiento extremo se normaliza. La sobrecarga se silencia. Nadie pregunta quién sostiene a esa madre que trabaja por unas pocas lucas, que cría sola y además enfrenta sus propios fantasmas. Es en ese punto donde la pesadilla se vuelve insoportable. Y la paciencia y el aguante tienen un límite.
Para las actuales autoridades, nuestros hijos e hijas son un número más en una larga estadística. Para nosotras, son la razón de vivir y el motivo por el que nunca dejaremos de luchar, para construirles un futuro mejor y asegurar su bienestar.
Pero hablar de neurodivergencia no puede limitarse a un mero diagnóstico o a una inclusión simbólica. Se debe abordar desde el Estado, con financiamiento real, con transporte accesible, con educación que no expulse y con una red de salud mental que no sea un privilegio de unos pocos.
Porque detrás de cada niño, niña o joven neurodivergente hay una madre agotada intentando evitar que el mundo lo termine de quebrar. Negar el financiamiento a los programas existentes es decirle a esa madre que su hijo o hija no tiene derecho a ser feliz ni a tener un futuro en este país. Y esta negligencia política no puede seguir silenciada.
La política de cuidados debe ser el corazón de cualquier proyecto de país que pretenda ser democrático e inclusivo. Porque si un Estado no es capaz de sostener a las niñeces y sus cuidadores, Chile tiene un cuestionable futuro.
Claudia Barahona Chang es publicista, integrante de la Comisión Política y del Comité Central del Partido Socialista de Chile.
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