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La historia de Maricarmen nos enfrenta al miedo de llegar a la vejez sin un techo seguro y de ver a nuestros hijos trabajar toda una vida sin poder ac
Miguel Ángel Rojas Pizarro reflexiona, a partir de la historia de Maricarmen en España, sobre las dificultades para acceder a una vivienda en Chile y el temor de envejecer sin un hogar seguro. Con una mirada humana, invita a actuar para que las familias y las futuras generaciones puedan vivir con dignidad.
Nuestros hijos o nosotros, ¿tendremos
dónde vivir?
La historia de
Maricarmen nos enfrenta al miedo de llegar a la vejez sin un techo seguro y de
ver a nuestros hijos trabajar toda una vida sin poder acceder a un hogar.
Miguel Ángel Rojas Pizarro
Psicólogo - Profesor de Historia - Psicopedagogo
[email protected] - @Soy_Profe_Feliz
María del
Carmen Abascal, conocida como Maricarmen, tenía 87 años y vivía en Madrid.
Desde 1956 habitaba la misma casa. Allí había transcurrido buena parte de su
vida, entre recuerdos familiares y rutinas que seguramente le daban
tranquilidad. El 23 de septiembre de 2026 fue desalojada. Dos semanas después,
el 7 de octubre, falleció tras permanecer hospitalizada. Su historia despertó
una enorme movilización por el derecho a la vivienda en España.
Intento imaginar lo que
significa, a esa edad, abandonar el lugar donde uno ha vivido durante décadas.
Dejar una habitación conocida, los objetos que acompañaron tantos años, la
ventana desde la que se miraba cada mañana. Me cuesta pensar en esa escena sin
preguntarme por nuestros propios adultos mayores. ¿Qué sentiría mi madre? ¿Qué
sentiría yo?
Porque Maricarmen nos queda lejos
en el mapa, pero muy cerca en la vida. Podría ser alguien de nuestra familia.
Podríamos ser nosotros dentro de algunos años. Su historia nos obliga a
detenernos y mirar una preocupación que también está presente en Chile: la
dificultad de conseguir y mantener un hogar u obtener el añorado sueño de la
casa propia.
Muchos conocemos a alguien que
trabaja, ahorra y hace todo lo posible, pero no logra comprar una vivienda.
Personas que revisan precios, hacen cuentas y vuelven a guardar el sueño para
después. El ahorro no alcanza, el pie parece imposible y las condiciones para
obtener un crédito dejan fuera a familias que necesitan una oportunidad.
Y quienes consiguen acceder
tampoco siempre encuentran tranquilidad. El dividendo llega todos los meses,
junto con las cuentas, la alimentación y los gastos de los hijos. Basta un
despido o una enfermedad para que ese equilibrio se vuelva frágil. Cuesta disfrutar
la casa cuando existe el temor permanente de no poder pagarla.
Durante mucho tiempo escuchamos
que, con esfuerzo, todo se podía. Estudiar, trabajar y ahorrar eran el camino.
Pero duele ver a personas esforzándose durante años sin alcanzar esa seguridad
mínima y a un periodo de media edad 50 años. No podemos seguir diciéndoles que
les falta voluntad. También debemos preguntarnos qué oportunidades estamos
ofreciendo y cuánto endeudamiento estamos dispuestos a considerar aceptable.
Quienes hoy tenemos entre
cuarenta y cincuenta años deberíamos conversar más sobre esto. ¿Dónde viviremos
cuando envejezcamos? ¿Podremos pagar un arriendo con nuestra jubilación?
¿Llegaremos a esa etapa todavía pagando deudas? Son preguntas incómodas, pero
necesarias. A veces las evitamos porque el presente ya exige demasiado y pensar
en el futuro añade otra preocupación.
También miro a nuestros hijos.
Queremos que estudien, encuentren trabajo y formen su propia vida. Queremos
verlos tranquilos. Sin embargo, ¿qué ocurrirá si, aun trabajando, no pueden
costear un lugar donde vivir? ¿Tendrán que elegir entre independizarse y
ayudarnos económicamente? Ninguna familia debería cargar sola con una
incertidumbre que afecta a tantas otras.
Por eso me preocupa que
terminemos acostumbrándonos a las carpas y a las personas que duermen en la
calle. Que pasemos de largo. Que olvidemos preguntarnos qué ocurrió antes de
que alguien llegara allí. Detrás hay una vida que merece atención, respeto y respuestas.
Debemos actuar ahora: facilitar viviendas accesibles, ofrecer financiamiento
justo, fortalecer los apoyos públicos y proteger a quienes pueden perder su
hogar.
Que la muerte de Maricarmen no
sea en vano. Que nos ayude a mirar con más humanidad y a exigir soluciones. Hoy
hablamos de ella; mañana podría tratarse de nuestros padres, de nuestros hijos
o de nosotros mismos. Tener un techo seguro debería permitirnos vivir y
envejecer con dignidad, sin miedo.
La vivienda no es un lujo, es un derecho. Reconocerlo en una Constitución no basta: hay que hacerlo realidad para cada familia
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