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n la novela de Bradbury, el fuego destruye los libros. En Chile, la pregunta es qué ocurre cuando las herramientas para acceder al conocimiento quedan
En «Chile 451», Miguel Ángel Rojas Pizarro vincula la novela de Ray Bradbury con los desafíos del pensamiento crítico en la educación chilena. El autor reflexiona sobre cómo limitar el acceso a computadores escolares puede profundizar la brecha de oportunidades y convertir el conocimiento y la cultura en privilegios.
Chile 451
Miguel Ángel Rojas Pizarro
Psicólogo - Profesor de Historia - Psicopedagogo
[email protected] @Soy_Profe_Feliz
Hay novelas
que, aunque fueron escritas hace décadas, siguen haciéndonos preguntas sobre el
presente. Una de ellas es Fahrenheit 451, publicada por Ray Bradbury en 1953.
En sus páginas conocemos a Guy Montag, un bombero cuyo trabajo irónicamente consiste en quemar libros. En esa sociedad,
leer está prohibido porque los libros contienen ideas que incomodan, despiertan
dudas y permiten imaginar otras formas de vivir. El orden se sostiene evitando
que las personas piensen demasiado.
Montag cumple su tarea hasta que
una joven, Clarisse, comienza a hacerle preguntas sencillas, pero difíciles de
responder. Le pregunta, por ejemplo, si es feliz. Esa conversación abre una
grieta en su vida. Poco a poco, descubre que aquello que destruye puede
contener algo que le falta: palabras para comprenderse, recuerdos de otros y
preguntas que nunca se había permitido formular. Detrás de cada libro encuentra
una experiencia humana que merece ser escuchada.
Lo inquietante de la novela va
más allá de la prohibición. Sus habitantes viven rodeados de pantallas y
entretenimiento, pero tienen dificultades para conversar y escucharse. La
velocidad ocupa el lugar de la reflexión. Las preguntas molestan porque interrumpen
una comodidad que parece suficiente. Bradbury nos enfrenta así a una
posibilidad dolorosa: podemos alejarnos del conocimiento incluso antes de que
alguien nos impida acceder a él. Podemos dejar de leer, simplemente, porque
hemos dejado de preguntarnos.
Cuando pienso en el Chile actual,
vuelvo a nuestras salas de clases. Me pregunto cuánto tiempo damos a los
estudiantes para leer con calma, expresar una duda o discutir una idea. En
liceos y universidades hablamos del pensamiento crítico, lo incorporamos en
programas y lo mencionamos en discursos. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando una
pregunta inesperada retrasa la clase? ¿La acogemos con interés o pedimos
continuar porque todavía queda demasiada materia?
Como profesor, he aprendido que
una buena pregunta puede enseñarnos tanto como una respuesta correcta. Hay
estudiantes que necesitan confianza para hablar, otros requieren tiempo para
ordenar sus ideas y algunos temen equivocarse delante de sus compañeros.
Escucharlos es parte de nuestra responsabilidad. El pensamiento crítico empieza
a crecer cuando pueden explicar lo que creen, revisar sus razones y descubrir
que cambiar de opinión también es aprender. Para ello, necesitan sentirse
respetados.
Ese aprendizaje exige condiciones
materiales. Pensemos en una estudiante que llega a casa con una investigación
pendiente y debe esperar que alguien le preste un equipo. O en una familia que
necesita decidir entre comprar un computador y cubrir gastos urgentes. Pedimos
autonomía, búsqueda de información y trabajos bien elaborados, pero a veces
olvidamos preguntar con qué herramientas podrán hacerlos. El esfuerzo personal
importa; también importa el punto desde donde cada estudiante comienza.
La discusión sobre la continuidad
de los programas que entregan computadores escolares merece mirarse desde esas
experiencias. Evaluar su funcionamiento y cuidar los recursos públicos son
responsabilidades necesarias. Pero cualquier modificación debería responder una
pregunta: ¿cómo se asegurará que quienes necesitan ese apoyo sigan contando con
herramientas para aprender? Detrás de cada decisión presupuestaria hay hogares
donde adquirir un equipo resulta difícil y estudiantes para quienes recibirlo
puede ampliar sus posibilidades de participación.
Un computador no hace milagros.
Para aprender con él se necesita conectividad, acompañamiento y orientación
para reconocer información confiable. También debemos enseñar a utilizarlo para
investigar, escribir y crear, más allá del entretenimiento. Si un programa
presenta dificultades, corresponde corregirlas y asegurar que cumpla su
propósito. Revisar su diseño puede ser razonable; dejar sin una alternativa
suficiente a sus destinatarios supone trasladarles el costo de problemas que
ellos no provocaron ni pueden resolver.
Quien pueda comprar un equipo
seguirá accediendo a bibliotecas digitales, materiales educativos y
herramientas para desarrollar sus trabajos. Quien no pueda hacerlo dependerá de
préstamos, horarios disponibles o una pantalla pequeña compartida. Esa diferencia
puede acumularse durante años. Por eso, reducir oportunidades de acceso al
conocimiento exige considerar sus consecuencias: una sociedad más desigual y
expuesta a la desinformación. La preocupación merece una conversación que
escuche a las comunidades educativas y considere las condiciones reales de sus
estudiantes.
En Fahrenheit 451, el título
alude a los 451 grados Fahrenheit, aproximadamente 233 grados Celsius, a los
que, según la novela, arde el papel. En Chile, el fuego no es necesario: una
puerta al conocimiento puede cerrarse cuando el acceso a un computador vuelve a
depender exclusivamente del presupuesto familiar. Mientras unos conservan sus
herramientas, otros ven alejarse sus oportunidades de leer, investigar y crear.
La cultura también resulta castigada cuando participar de ella se convierte en
un privilegio. En la novela se queman los libros; aquí debemos evitar que se
apague la posibilidad de alcanzarlos. Porque detrás de cada oportunidad que se
pierde hay un niño, una familia y un futuro que todavía podemos cuidar.
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