Usuarios en linea: 218

800 Palabras
Una noche se muere alguien y sus cenizas van a parar a una urna. Otra mañana, renacen las movilizaciones en Europa y llega un domingo en que las urnas dicen que la democracia está extinta en América Latina.
Celina Olivier había fallecido una semana atrás. Murió viuda y peleada con su hermana, la tan querida abuela de Jazmín, aunque también alejada de un hijo al que, por haberle ocultado su condición de adoptivo, cuando se enteró de manera accidental de que no era hijo biológico de Celina, ya no quiso saber más nada con ella.
Como si presintiera que le había llegado la hora, la mujer había dejado entreabierta la puerta de su departamento, cosa que los vecinos la encontraran tendida en un sofá frente al televisor encendido.
Literalmente, Celina no tenía dónde caerse muerta, ya que cuando los vecinos le avisaron a su hermana del deceso, ésta les dijo que no iría y que hicieran lo que les pareciera, pero que ella no se haría cargo de ningún trámite legal ni funerario.
Por más que Celina no hubiera sido una buena tía para la mamá de Jazmín, por decoro, humanidad o lo que fuera, decidió hacerse cargo de la finada, aunque al menor costo posible: tras unos complicados trámites y papeleo, se decidió la cremación en el cementerio de Santiago. A veces, una falta de atención puede resultar fatal, tal fue al momento de completarse una planilla, en la que quedó sin tildar el ítem que expresaba Arrojar las cenizas al osario común.
Fue así que en casa de Jazmín quedó pendiente un trámite que terminaron encargándole a la jovencita, quien, algo fóbica para los asuntos relacionados con las exequias, le rogó a su novia Natacha que la acompañara en este fúnebre trance.
Si algo la caracterizaba a Natacha Simpson, era esa capacidad para resolver situaciones, sumada a una curiosidad sin límites, sabía de todo un poco y, en particular, le apasionaban los casos insólitos. Una vez había leído que cuando Fredric Baur falleció, sus hijos no pudieron meter sus cenizas en una sola lata de su afamada creación: el tubo de papas fritas Pringles. La crónica especificaba que un cuerpo adulto cremado generaba hasta tres mil centímetros cúbicos de cenizas y la capacidad del tubo estándar tenía un volumen menor, por lo que para cumplir el deseo póstumo de Baur, sus hijos debieron sacrificarse y comer el contenido de un cilindro adicional para hacer lugar al total de cenizas.
Previsora, Natacha abrió su mochila en la oficina del cementerio y, ante la impávida mirada del personal, le quitó las tapas a ambos cilindros Pringles, uno de la sabrosa presentación Sour Cream & Onion y el otro, sabor original.
Salieron del crematorio y ya, fuera del cementerio, tomaron por la calle Francia hasta la avenida Independencia, donde una cervecería atestada de jóvenes les atrajo para hacer un alto en la caminata. Se sentaron en banquetas junto a una mesa alta y apoyaron los dos tubos de Pringles y un sobre conteniendo el certificado de cremación y la autorización para retirar las cenizas. Natacha no podía parar de reírse a carcajadas, pero su novia seguía con el rostro colorado de vergüenza:
— ¡Cómo te miraban los empleados del crematorio! —le dijo Jazmín—. No podían creer que semejante cosa estuviera ocurriendo allí.
Lo cierto fue que Natacha, sin prurito alguno, tomó el ánfora y, con sumo cuidado de no derramar el contenido, fue llenando ambos cilindros.
— ¿Y qué pretendías? —se excusó Natacha—. Tu madre, ni dinero quiso poner para pagar el ánfora.
Había una pantalla de televisión enorme sobre una de las paredes del local, con las noticias de la tarde. En la mesa que ocupaban ellas había seis jóvenes, casi todos universitarios y discutían con otro grupo de chicas y jovencitos de las mesas cercanas. El tema de conversación era el mismo de las noticias: el resultado de las elecciones en Brasil. Algunos eran partidarios de Lula y otros de Bolsonaro, dentro de la cervecería, prácticamente, se reflejaban las proyecciones porcentuales de votos de esa primera vuelta del domingo pasado. Además de que todos hablaban a los gritos, se sumaba el barullo de la televisión y el de la música del bar. Los de su mesa jugaban a cambiarse de lugar con los de las mesas vecinas y se agrupaban según preferencias políticas. Las discusiones no pasaban a mayores, porque el clima era de diversión y risotadas, por más que uno gritara ¡los ultraderechistas ubíquense acá y los de izquierda, por aquí! Otro, que llevaba puesta una gorra azul con letras blancas en las que se leía O Brasil é dos brasileiros, gritaba ¡el veinticinco, las urnas hablarán!
Tras varias cervezas, se turnaban y, mientras Natacha iba al baño, la otra vigilaba las urnas Pringles.
Entre idas y vueltas, para cuando se pudieron dar cuenta, notaron que alguien les había robado los cilindros Pringles, no tan apropiados en este caso para ser acompañados por cerveza.
Descubre más historias, noticias y opiniones de nuestra comunidad.
Presenta la obra de teatro El Carnaval de los Animales, con funciones en el Centro GAM
La banda celebra un disco histórico en la importante escena penquista, este viernes 1º de agosto
El animal, que se distribuye en gran parte del territorio nacional, no había colonizado desde Copiapó hacia el norte, hasta ahora. El investigador de FAVET, Gabriel Lobos, asegura que su llegada puede amenazar la flora y fauna de estos ambientes ex [...]