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Tapar, ocultar, hacer desaparecer, borrar, suprimir, eliminar, erradicar, extinguir… Cuánta connotación negativa tiene el accionar de ciertos sectores dominantes.
— ¡Nos van a dar a los dos una patada en el trasero, Ernesto! —fue lo primero que gritó Jaime, mientras se reía a carcajadas—. No podemos hacer caricaturas del general, será para problemas y, tú lo sabes: los accionistas de este diario no quieren conflictos con cierta gente.
— Si te dicen algo los del concejo, respóndeles que se trata de la capa de Harry Potter. Al fin y al cabo, se parecen. Además, tú y yo sabemos muy bien que a Joanne Rowlin le caía muy mal la Margaret Thatcher, tan amiguita del Augusto, de modo que este gesto sería reparatorio.
Otra vez, el jefe de Ernesto se partía de la risa.
Ambos estaban frente al boceto de una nueva historieta. Todo era tan explícito en la tira cómica que Ernesto debía explicar muy poco. El título era Doce Capas y había un epígrafe en el que se leía: Tras recorrer medio día desde Atacama, los Postigos de Jehová arriban a Chillán con una nueva misión.
— Ya me resultan simpáticos tus tipitos con las celosías al hombro —dijo Jaime.
En cada cuadro de la historieta, a esos personajes se los veía lijando un gran muro. Arremetían contra la pared valiéndose de los postigos para rasparla y remover unas capas que estaban adheridas. Las iban rasqueteando una a una hasta que las doce capas se convertían en una especie de polvo que se acumulaba en el piso. En otro cuadro, los postigos se abrían y dejaban correr un fuerte viento que se llevaba volando el polvo.
— ¿Has estado alguna vez en la sala del Concejo Municipal de Chillán? —preguntó Ernesto.
Su jefe le hizo un no con la cabeza—. A veces, medio siglo luce como un tiempo escaso, cuando se lo pone en la perspectiva de ciertos acontecimientos históricos. Sin embargo, en este caso, me parece que ha sido mucho tiempo. Pero la justicia busca caminos a través de los cuales salir a la luz.
— Es que toda vez que pensamos en los horrores de la dictadura de Pinochet, los años pesan toneladas. ¿Te acuerdas de lo que decía Milan Kundera en La Insoportable levedad del ser?
— ¿Qué era?
— Kundera daba el ejemplo de esas guerras en las que se perpetran masacres espantosas y mueren miles de personas. Dice el autor: Entonces, esto pasa una vez en la historia y queda como algo atroz, y punto. Pero imaginemos que la historia es cíclica y que esa matanza vuelve una y otra vez con todos sus miles de cadáveres: esa densidad de la masacre sí que comenzaría a cobrar un peso enorme. Pero la realidad es otra: esa guerra es sólo una contienda más y otros genocidios son apenas esos que ocurrieron una sola vez, todo tan leve, que se nos torna insoportable.
— Así es, Jaime querido. ¿De modo que te gustó mi boceto?
— ¡Ah! No quieres que me vaya por las ramas —se reían otra vez—. Medio siglo nos hemos pasado creyendo que la dictadura se había ocupado de destruir el mural de Julio Escámez. Y, ¡qué pena para el artista!, se murió en Costa Rica creyendo que estos tipos se lo habían tapado con alquitrán y no que lo ocultaron bajo doce capas de pintura.
— Cuando visité la intendencia, un exfuncionario ya jubilado, me comentó que la obra había sido realizada a principios de los 70 y, de hecho, existe una foto del 20 de agosto de 1972 en la que Salvador Allende posa junto al mural. Ese mismo veterano me contó que, medio siglo después, pasó algo accidental, cuando en el inmenso paredón asomó un vestigio de color naranja, muy intenso. Curadores y especialistas comenzaron a estudiar y observar, fue todo un desafío mezcla de arte y procedimientos científicos. Se contó con el apoyo de la Sociedad de Conservación y Restauración, también, la Comisión Chilena de Energía Nuclear puso a disposición sus tecnologías de georradar mediante las cuales se pudieron analizar las capas y, de este modo, se determinó que la pintura original permanecía oculta íntegramente. Los técnicos fueron retirando capa tras capa de pintura hasta dar con Principio y Fin, dos murales de casi 42 metros cuadrados. Un año después, el mural alegórico de la lucha de clases era declarado monumento histórico.
Jaime comentó que, como ocurre con cada episodio vinculado a los años de fuego de Chile, este mural histórico también había quedado envuelto en un hecho de sangre: se refería al 16 de septiembre de 1973, oportunidad en que asesinaron a Ricardo Lagos Reyes, alcalde de Chillán, a su mujer, Alba Sonia Ojeda Grandón, y a su hijo, Carlos Eduardo Lagos Salinas, de 19 años.
— Tan siniestra es esta capa prusiana, que bien podría haber pertenecido a Drácula —dijo Ernesto.
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