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Opinión
El giro global y latinoamericano hacia la derecha se nutre de ideas antiguas y de ciber-nociones de nuevo cuño. Entre estas últimas destaca un crisol de convicciones que cuestionan la ciencia y la razón ilustrada en su complicidad con la miseria y dominación de las masas
Con el triunfo milimétrico del fujimorismo en Perú y de De la Espriella en Colombia, se consolida la derechización de América Latina en la tercera década del tercer milenio. Conviene entonces detenerse unos minutos para pensar qué ingredientes contienen las propuestas del hiper conservadurismo que provocan el entusiasmo y adhesión del universo popular. Para obtener una óptima fotografía es urgente barrer el fenómeno en sus antecedentes históricos directos.
En América Latina la derecha surgió desde el fin de la caída de los regímenes oligarcas, paradojalmente a partir de la organización y politización del movimiento obrero-campesino y de la crisis del capitalismo de 1929. Aparecieron las derechas por un efecto dialéctico: esos escenarios promovieron el nacimiento de las izquierdas. Debido a que más pobres y más mujeres comenzaron a integrar el juego electoral y a copar los privilegiados salones de la opinión pública, los grandes señores de las tierras debieron preocuparse por expandir y traducir sus valores hacia las masas desheredadas. Es decir, las derechas nacieron aprendiendo a convencer a los pobres para construir hegemonía. Las primeras propuestas que salieron a la luz pública fueron de orden y progreso: aquí la recuperación tras la debacle capitalista liberal, allá el fomento del empleo y la apropiación de demandas respecto a derechos laborales. Siempre, como se supondrá, con una gruesa capa de barniz autoritario y amparado en la ideología fascista que en 1930 gozaba de óptima salud en buena parte del globo. La rama más vigorosa de estas propuestas fueron las que impulsaron las derechas más jóvenes, vinculadas al socialcristianismo que ofrecían una mayor sensibilización y paternalismo con el “Cristo que sufre hoy”, sobre todo con los nuevos pobres de las nacientes metrópolis y puertos (que recibían a los antiguos pobres del campo).
Durante la segunda mitad del siglo XX, la región vivió las sangrientas dictaduras cívico-militares sostenidas desde el imperialismo estadounidense, desde las minoritarias clases alto-burguesas y de una casta militar que gobernó con una amplia dosis de autonomía y creatividad (sobre todo, con creatividad en el “tratamiento” de los cuerpos de los opositores). Estas nuevas derechas intentaron apoyarse en un oxímoron: neoliberalismo y nacionalismo. Más que una convicción dogmática, parecía una última carta para rechazar el socialismo y el maoísmo que se abrió con vigor por estas latitudes tras la revolución cubana.
Hoy el asunto es muy distinto. El retorno de las derechas en la región se basa, más que en una simple paradoja, en un crisol de conceptos que, mirados fuera de contexto, parecieran un cúmulo de ideas desechadas en el vertedero de la ilustración. Se trata de nociones que habitaron fantasmalmente en el exilio, deportadas por la seriedad del racionalismo tecno-científico de los dos siglos anteriores. Pareciera que hoy estas ideas y sensibilidades vuelven a la vida desde su proscripción y, por algún motivo que cuesta trabajo comprender, nutren las arcas del espectro más conservador de la clase política regional.
Este crisol de concepciones se podría aglutinar bajo las banderas del anti-cientificismo. En este nivel cabe el rechazo a la ciencia como forma de interpretar y predecir el mundo. Aquí se dan la mano movimientos anti vacuna, el pujante terraplanismo, el conspiracionismo que descubre men in black en cada esquina, la ufología y la parasicología (con una mención honrosa a la teoría de la realidad-simulada tipo matrix). Se trata de convicciones vehiculizadas por redes sociales, gozando de la posibilidad de sostener discursos sin la molesta necesidad de experimentar-para-comprobar, propia del método de las ciencias clásicas. Esta amplia red inarticulada de discursos sociales gana fuerza en la medida que más se reitera en frenéticos reels y más critica agudamente a los expertos clásicos (los y las científicos) como cómplices de estructuras de dominación. Despejado el autoritarismo del viejo científico, los(as) anti-ciencia aseguran que quedaría al desnudo la realidad tal cómo es: plagada de espíritus migrantes del multiverso, de élites reptilianas y de una fauna de espías humanoides que ocupan los principales puestos de los gobiernos de turno.
Complementariamente, los(as) cibernautas que impulsan estas imágenes discursivas rechazan categóricamente la intromisión nacional de organismos internacionales que habrían mantenido a nuestros países bajo la dominación y la pobreza. En esta línea, el principal foco de ataque ha sido la ONU y sus brazos técnicos-científico, como la OMS que representaría en pleno la dictadura global científico-médica. Coherentemente con esta postura, se cuestiona la red valórica e institucional de los Derechos Humanos que, por cierto, serían los responsables de la inseguridad ciudadana y de la impunidad en que quedarían los delitos que cometen las poblaciones migrantes.
Por supuesto, en el centro de estas convicciones se encuentra el cuestionamiento de los discursos, valores, prácticas e instituciones que han apuntado a mitigar o revertir los efectos del cambio climático. En este plano surgen las apuestas por descubrir las estrategias del poder por doblegar a las masas mediante estas ilusiones que, dicho sea de paso, frenarían la necesaria inversión productiva. Aquí se eleva a primer plano las sospechas sobre el proyecto HAARP que, si bien, se encuentra en Alaska, tendría la posibilidad de modificar el clima y generar terremotos en nuestra región. Nuevamente, el discurso ambientalista sería otra treta de las castas técnico-científicas para empobrecer y evitar que las mayorías se rebelen o vean el mundo tal como es.
Es cierto que estas ideas pujantes se superponen a otras más añejas que han entregado apoyo popular a las derechas latinoamericanas, como el mérito individual del micro-emprendedor y las estrofas repetidas de la inseguridad ciudadana. Probablemente las derechas no son capaces de articular con coherencia esta diversidad de ciber-nociones sociales. Aunque también es cierto que, cuando lo haga, el giro ultra-conservador de la región podría profundizarse varios grados más. Las derechas tienen tiempo: las izquierdas cargan a cuestas con un pudor que les hace impensable un acercamiento hegemónico a estos ciber-discursos paranormales. ¿Y cuál es uno de los aspectos más curiosos? Pues que las izquierdas tuvieron su oportunidad para situarse como vanguardias de este campo de saber emergente. De hecho, las convicciones anti-ilustradas y alter-científicas se relacionaron desde el último tercio del siglo XX con el progresismo más creativo, particularmente con el post-estructuralismo academicista occidental que también vinculó saber científico con ejercicio bruto de dominación.
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