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Educación Popular, formación política y saberes producidos en la lucha
A siete años de la revuelta popular, una reflexión sobre su dimensión educativa y la necesidad de asumir un trabajo político pedagógico que permita recuperar los saberes producidos en la lucha, fortalecer la organización y construir soberanía de las comunidades sobre su educación.
A siete años de la revuelta popular, creemos necesario volver sobre una de sus dimensiones menos discutidas: los saberes que somos capaces de construir en la lucha y las posibilidades de convertir esos aprendizajes en un proyecto educativo para el conjunto de la sociedad. Nos interesa esta pregunta porque la movilización, aun con toda su fuerza, no resuelve por sí misma cómo aprendemos a organizarnos, cómo elaboramos una lectura común de la realidad o cómo sostenemos formas de vida distintas a las que cuestionamos. Allí existe un trabajo político pedagógico que tenemos la responsabilidad de asumir.
La revuelta también nos interpela como educadores y educadoras.
Si
entendemos la educación desde los procesos que nos constituyen como sujetos
históricos, entonces lo ocurrido en octubre desborda ampliamente lo que una
escuela o cualquier espacio educativo, alternativo contrahegemónico, podría
incorporar como contenido de una clase. Las preguntas sobre la dignidad, la
desigualdad y las posibilidades de decidir sobre la vida común nos llevan a
discutir qué aprendemos de la sociedad en la que vivimos y qué herramientas
tenemos para transformarla. Desde la Educación Popular hemos venido planteando
que en las luchas se producen saberes propios, nacidos de la experiencia de
organizarse, disputar y levantar proyectos colectivos; saberes que pueden
trascender su emergencia local y entrelazarse con otras construcciones del campo
popular. Ahora bien, reconocer esa producción de saberes exige algo más que
afirmar que todo movimiento popular o toda lucha educa. ¿Qué aprendemos?
¿Quiénes participan de esos aprendizajes? ¿Cómo los recuperamos cuando la
experiencia se interrumpe o cuando quienes la sostuvieron dejan de encontrarse?
Son preguntas necesarias, sobre todo si queremos evitar que cada nuevo proceso
organizativo deba comenzar desde el mismo lugar, desconociendo las
elaboraciones, los conflictos y las posibilidades que otros y otras ya habían
puesto en juego y por lo que han sacrificado tanto.
Creemos que
aquí necesitamos detenernos un poco en lo pedagógico. Esto lo entendemos como
el trabajo intencionado y explícito de convertir nuestra realidad en un
problema que podamos estudiar colectivamente. Esto puede traducirse en
recuperar lo vivido, formular preguntas, poner en diálogo distintas
interpretaciones y construir herramientas para actuar. O desde una perspectiva
dialéctica de lo pedagógico, leer la realidad, analizarla y, finalmente,
transformarla. La experiencia de una asamblea, por ejemplo, puede abrirnos
aprendizajes importantes, pero requiere que existan momentos en los que podamos
discutir el porqué algunas voces más fuertes terminaron definiendo los
acuerdos, qué ocurrió con quienes dejaron de participar y se restaron de
algunos espacios o la razón de fondo del porqué una decisión que parecía un acuerdo
compartido no pudo llevarse a la práctica. Ese ejercicio nos permite volver
sobre la práctica y enriquecerla con otros elementos para transformarla.
Sin este
trabajo, también podríamos aprender a obedecer sin diálogo dentro de nuestras
propias organizaciones.
Por ello, la
formación política debiera ser parte constitutiva de nuestro quehacer
organizativo. Necesitamos espacios de estudio, lectura, discusión teórica y
análisis de nuestra praxis; necesitamos, igualmente, que esas herramientas se
encuentren y se entrelacen con las preguntas que nacen de los propios
territorios y de las experiencias que allí se gestan. Sin embargo, este proceso
se nos vuelve problemático cuando la formación política queda en manos de
quienes llegan con una interpretación acabada, ya realizada y terminada, y
consideran a los demás meros receptores de una conciencia que todavía no
tienen. Desde una perspectiva emancipatoria, quienes participamos en los
procesos educativos somos sujetos y sujetas que aprendemos y compartimos
nuestros conocimientos; a pesar de que lo hagamos desde trayectorias y
posiciones diferentes, todos y todas somos igualmente válidas. Esa diferencia
requiere mediación pedagógica y responsabilidad; declararnos horizontales nunca
es suficiente.
En este
sentido, la lectura de la realidad y la sistematización tienen una importancia
que debiéramos recuperar. Debemos entender que las situaciones de opresión
pueden convertirse en temas para el desarrollo pedagógico y que la
reconstrucción crítica de nuestras prácticas permite develar conocimientos,
contradicciones y ,lo más importante, posibilidades de acción. Esto podría
significar, en una organización territorial, estudiar colectivamente cómo se
configura un problema educativo del barrio, recoger las experiencias de quienes
lo viven, contrastarlas con otras fuentes y discutir qué podemos hacer. El
conocimiento elaborado en ese proceso queda en manos de la comunidad y
fortalece su capacidad de decisión. La pregunta educativa que se desprende de
la Revuelta Popular adquiere, desde aquí, otro alcance. No se agota en lo que
podemos enseñar sobre el 18 de octubre y sobre el resto de proceso
movilizatorio. Nos obliga a discutir quiénes tienen la posibilidad de producir
conocimientos legítimos y quiénes siguen apareciendo únicamente como
destinatarios de decisiones ajenas.
También
dentro de la escuela.
Cuando al
estudiantado se le convoca a participar solamente en aquello que ya ha sido
delimitado y construido por otros, o cuando las comunidades son convocadas sin
un poder real de decisión para validar proyectos que no pudieron discutir, el
aprendizaje de la participación queda subordinado a la aceptación de sus
límites. Por eso, disputar el sentido educativo nos supone intervenir en la
propia organización de estos espacios y en las relaciones educativas que
construimos al enseñar. Así podemos desarrollar un saber de participación, uno
que no es un dado: participar nunca ha sido ni nunca va a ser votar e irse para
la casa. Allí se juega una parte de la autonomía cognoscitiva. Nos jugamos la
capacidad colectiva de formular nuestras propias preguntas y elaborar nuestras
propias respuestas sobre lo que necesitamos, sin encerrarnos en lo que ya
sabemos ni renunciar al diálogo con otros y otras que han experimentado
procesos distintos.
En el
periodo instituyente que abrió el proceso de la revuelta, dejó muchas preguntas
sin resolver y proyectos sin desarrollar. Entre las experiencias de Educación
Popular que levantamos escuelas como organizaciones sociales, aportamos
elementos para esta discusión. Desde quienes luchamos por la autogestión del
espacio educativo, la certificación de nuestros procesos y el financiamiento
público, manteniendo la autonomía en la organización de nuestros saberes y
proyectos, nos permite cuestionar abiertamente la idea de que solo podemos
elegir entre la administración estatal y la propiedad privada. Entendemos que
son construcciones contradictorias, atravesadas por dificultades materiales y
políticas, pero que ensayan, en el presente, otras relaciones educativas. Las
que quedaron, por lo menos en parte, plasmadas en el intento constituyente.
Nuestro horizonte es transformar la educación pública y, desde ahí, contribuir
al conjunto de la sociedad.
Diego
Cabezas Bravo
Universidad
Metropolitana de Ciencias de la Educación
Escuela
Pública Comunitaria
Praxis Educativa Comunitaria
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