Usuarios en linea: 212

Kast se arrodilla ante Washington mientras Argentina corre el cerco en el sur.
Kast se saca la foto con Trump y firma lo que le pongan. Mientras se subordina al imperio en declive, permanece desentendido de lo que ocurre en el Cono Sur. Obediencia hacia arriba, silencio hacia el lado. Y ese silencio, frente a Argentina, le está regalando tiempo al verdadero jugador de largo plazo: el Reino Unido y su reclamo antártico.
El 22 de septiembre, José Antonio Kast debutó ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. En vez de presentar a Chile como un país confiable para invertir, dedicó su discurso a decir que la nación está estancada, que se perdieron décadas, que el Estado no funciona. Lo dijo con la investidura presidencial y la responsabilidad de representar a todos los chilenos. No representó a nadie. Se representó a sí mismo y a su campaña. Fue un papelón.
Pero mientras el presidente hablaba de un Chile en ruinas ante el mundo, su ministro de Defensa, Fernando Barros, ya había firmado en marzo la declaración de la Conferencia de las Américas contra los Carteles, el brazo operativo del Escudo de las Américas. La adhesión plena se formalizó en septiembre. El gobierno mantuvo ambos pasos con baja transparencia hasta que la embajada estadounidense y la propia cumbre los hicieron públicos. Kast no anunció nada nuevo: confirmó algo que ya venía avanzando a espaldas del país, y lo hizo en el marco de la doctrina Donroe, la versión 2026 de la doctrina Monroe: América para los americanos, pero los americanos son ellos.
Y el silencio tiene un precio que tampoco se menciona. China es el principal socio comercial de Chile. Alinearse con Washington en un momento en que Pekín y la Casa Blanca compiten por influencia en América Latina tiene un costo. No se trata de defender a China: se trata de no subordinarse a nadie. Chile puede negociar con todos; lo que no puede es renunciar a su margen de maniobra. Jorge Heine, exembajador en China, ya advirtió que el Escudo funciona como un club anti-China y que Chile estaba entrando como pollo en corral ajeno. Kast responde que solo se comparte información sobre narcotráfico. Pero el documento lo firmó el Ministerio de Defensa, no Interior, y las peticiones que Washington ha planteado en el entorno de estas instancias —aumentar el gasto militar, alinearse en la Corte Penal Internacional, excluir influencias extracontinentales— no son sobre narcotráfico.
Argentina sigue avanzando. El brigadier Gustavo Valverde, jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea, habló hace semanas de la soberanía argentina sobre Magallanes en un podcast militar. El ministro de Defensa argentino, Carlos Presti, tuvo que llamar a su par chileno para aclarar que todo había sido una confusión, una desprolijidad. El almirante Juan Carlos Romay, jefe de la Armada, salió a decir que el Estrecho pertenece a Chile. Pero el ruido no cesa: cada pocos meses, un militar argentino vuelve a hablar de Magallanes como si el tratado de 1881 no existiera.
Más grave que las declaraciones es el papel. En 2021, el Ministerio de Defensa argentino aprobó por decreto un documento de Política de Defensa que postula un control conjunto del Estrecho de Magallanes. Ese decreto sigue vigente. El gobierno de Chile dice que el documento para derogarlo está listo para la firma desde marzo, y que se lo ha recordado a Argentina cada vez que ha tenido oportunidad. Milei todavía no lo firma. Y en 2024, la Armada Argentina instaló paneles solares militares cruzando la frontera en Tierra del Fuego. Boric reaccionó, Argentina reconoció el error y los retiró. Pero el gesto quedó: se probó hasta dónde se puede empujar.
En el papel, además, la Ley 27.557 de 2020 proyecta la plataforma continental argentina más allá del límite acordado en 1984, invadiendo fondos marinos que Chile reclama desde las islas Diego Ramírez. Nadie la ha derogado.
Nada de esto es una campaña coordinada. Es ruido, es decreto sin firmar, es error que se corrige después. Pero el efecto acumulado es el mismo: Argentina instala la duda, y Chile no responde con firmeza.
El 3 de septiembre, Milei habló en el Foro de Madrid, el encuentro de la ultraderecha internacional que se celebró en Santiago. En su discurso inaugural llamó “zurdos mugrosos” a sus opositores, reivindicó el derrocamiento de Allende y celebró que Chile hubiera “despertado” tras el estallido social. Lo dijo en suelo chileno, con Kast sentado en la primera fila. Un presidente extranjero insultó a los chilenos en su propia casa. Kast se hizo el larry. Dijo que él no lo habría dicho, pero que no iba a comentar las palabras de Milei. Argumentó que se trataba de un “acto privado”. Y ahí quedó todo.
Ese mismo día, horas después del foro, Kast firmó con Milei un comunicado conjunto que reconoce la soberanía chilena sobre el Estrecho de Magallanes. Eso está bien. Es lo que corresponde. Pero para conseguirlo, Kast tuvo que respaldar el reclamo argentino sobre Malvinas. Argentina cobró por decir lo que ya estaba escrito en el tratado de 1881. Chile pagó con algo que no le correspondía pagar: su respaldo a Malvinas, un conflicto ajeno que no le da ningún beneficio. Kast pagó ese precio sin decirlo.
Ese es el flanco: la debilidad. Kast hace el patriota en el discurso y se traga los insultos cuando el vecino lo desafía en los hechos. Se saca la foto con Milei y después deja que sus propios ministros queden como mentirosos. La defensa de Magallanes no se hace con comunicados. Se hace con firmeza sostenida. Y firmeza es lo que falta.
El Estrecho de Magallanes no es solo una ruta. Con el Canal de Panamá saturado por la sequía, los pasos australes recuperan un valor estratégico que no tenían desde antes de 1914. Chile controla el único corredor bioceánico que no depende del agua dulce de Centroamérica. Eso es poder. Y el poder no queda vacante.
Lo que atrae todavía más es la Antártica. El Territorio Chileno Antártico son 1.250.000 kilómetros cuadrados, más de la mitad del territorio nacional. En 2048 se abre la revisión del Protocolo de Madrid, y las potencias que llevan décadas esperando ese momento van a moverse. El Reino Unido mantiene su reclamación sobre la Península Antártica desde 1908. Argentina reclama la misma zona. Chile también. Los tres se superponen.
Aquí está el nudo. A los británicos les conviene que Chile y Argentina se peleen. Mientras se pelean por Magallanes y por la plataforma, mientras se acusan y se desconfían, el Reino Unido consolida su posición en la Antártica sin que nadie se lo dispute en serio. La Base Naval Integrada de Ushuaia, que Milei reactivó en septiembre, tiene apenas un 9,13% de avance físico. Es pura escenografía. Pero esa escenografía, sumada a las provocaciones verbales, es suficiente para que Chile y Argentina sigan mirándose con recelo en lugar de coordinarse.
La salida sería una alianza austral. Chile y Argentina, los dos países que reclaman la misma península, tienen más que ganar cooperando que peleando. Pero aliarse con un vecino patudo es una tensión. Argentina no ha respetado del todo los tratados, y su gobierno actual juega a la provocación cuando le conviene. Confiar en ese vecino es un riesgo. No confiar en nadie es una condena.
El otro camino es el que estamos viendo. Kast se alinea con Washington, Argentina avanza, y el Reino Unido espera. Cuando llegue 2048, los británicos van a estar en la mesa. Chile y Argentina, si siguen peleando, no.
Descubre más historias, noticias y opiniones de nuestra comunidad.
Presenta la obra de teatro El Carnaval de los Animales, con funciones en el Centro GAM
La banda celebra un disco histórico en la importante escena penquista, este viernes 1º de agosto
El animal, que se distribuye en gran parte del territorio nacional, no había colonizado desde Copiapó hacia el norte, hasta ahora. El investigador de FAVET, Gabriel Lobos, asegura que su llegada puede amenazar la flora y fauna de estos ambientes ex [...]