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Más que aviones y armas, Chile necesita personas que puedan vivir, trabajar y construir su futuro en las Zonas extremas
En su columna «La soberanía se construye habitando», Miguel Ángel Rojas Pizarro sostiene que la mayor fortaleza de Chile en la Patagonia está en las comunidades que la habitan. Desde Aysén, cuestiona que la carrera armamentista ocupe un lugar prioritario mientras muchas familias enfrentan dificultades para acceder a vivienda, salud, educación y transporte. El autor propone fortalecer a las comunidades existentes y generar condiciones para que nuevas familias puedan instalarse y permanecer en el territorio. Entre las medidas que plantea está un subsidio permanente a los pasajes aéreos para residentes, complementado con transporte terrestre y marítimo.
Miguel
Angel Rojas Pizarro
Psicólogo – Profesor de Historia – Psicopedagogo.
@Soy_Profe_Feliz - [email protected]
La política de
todas las potencias está en su geografía señalo Napoleón. La modernización del
armamento es una preocupación legítima. Chile necesita medios para vigilar sus
fronteras, proteger su espacio marítimo y responder ante amenazas. Pero si la
pregunta es cómo sostener nuestra presencia en la Patagonia principal recurso hídrico
mundial, durante las próximas generaciones, la inversión decisiva es la que
permite vivir y quedarse en ella. Una escuela abierta, una posta con personal
estable y un municipio capaz de responder ante una emergencia son expresiones
concretas de soberanía. En esos servicios se juega, todos los días, la
posibilidad de ejercer derechos en cualquier punto del país.
La importancia
geopolítica de la región Aysén se entiende mejor al mirar la Patagonia en su
conjunto. Más al sur, el estrecho de Magallanes conecta los océanos Atlántico y
Pacífico y ofrece al comercio marítimo una ruta entre ambos sin tener que
rodear el cabo de Hornos. Su valor estratégico exige que Chile sostenga
capacidades de navegación, seguridad marítima y respuesta ante emergencias
ambientales. La proyección austral también tiene un horizonte antártico. A
partir de 2048 podrá solicitarse una conferencia para revisar el funcionamiento
del Protocolo de Protección Ambiental del Tratado Antártico, y Chile debe
prepararse desde hoy con ciencia, diplomacia y capacidad logística. En Aysén,
esa responsabilidad empieza por cuidar las reservas de agua dulce de la
Patagonia, proteger sus glaciares, lagos y cuencas, e incorporar a las
comunidades en las decisiones sobre el territorio que habitan.
Para entender lo que está en
juego, comparemos solo la región Aysén con la Región de Valparaíso, tiene una
superficie de 16.396 kilómetros cuadrados y el Censo 2024 registró allí
1.896.053 habitantes. Aysén, en cambio, se extiende por 108.494 kilómetros
cuadrados y registró 100.745 habitantes en el mismo censo. Dicho de otro modo,
en Aysén cabrían seis regiones de Valparaíso y todavía quedaría espacio. Sin
embargo, Valparaíso reúne casi diecinueve veces la población de Aysén. Si a
Aysén le sumamos la región de Magallanes, excluido el territorio antártico,
ambas regiones abarcan una superficie casi quince veces mayor que Valparaíso y
reúnen apenas una séptima parte de su población.
Al dividir la población por la
superficie, la diferencia se vuelve todavía más clara. Valparaíso tiene cerca
de 116 habitantes por kilómetro cuadrado. Aysén tiene 0,93 y, si le sumamos
Magallanes sin incluir el territorio antártico, ambas regiones promedian apenas
1,11 habitantes por kilómetro cuadrado. Estos promedios reúnen realidades muy
distintas. Mientras ciudades como Coyhaique y Punta Arenas concentran buena
parte de la población, en sectores rurales y costeros las comunidades están
separadas por grandes distancias. Allí, mantener abierta una escuela, asegurar
la atención en una posta o sostener un recorrido de transporte puede marcar la
diferencia entre quedarse y tener que partir.
Propongo retomar la idea de
colonización con un sentido contemporáneo. Hablo de una política de poblamiento
voluntario y planificado, que fortalezca primero a las comunidades existentes y
abra oportunidades para nuevas familias en localidades de baja densidad. El
punto de partida debe ser identificar, junto con sus habitantes, dónde hay
suelo apto, agua, acceso y posibilidades de trabajo. Ese proceso debe respetar
a los pueblos originarios, las áreas protegidas y los ecosistemas frágiles. La
baja densidad regional nos obliga a escoger bien dónde invertir y a sostener
esa inversión en el tiempo.
Pensemos en una familia que
quisiera instalarse en una localidad pequeña de Aysén. La decisión dependerá de
si puede encontrar una vivienda, de cómo llegarán sus hijos a clases y de qué
ocurrirá si alguien necesita atención médica. También pesará si ambos adultos
pueden trabajar y cuánto les costará visitar a sus padres en otra región. Un
terreno puede facilitar el primer paso. La permanencia se decide con el
conjunto de esas condiciones.
La conectividad merece un lugar
central. Un subsidio permanente a los pasajes aéreos para residentes, con
reglas claras y tarifas que las familias puedan prever, ayudaría a sostener sus
vínculos con el resto de Chile. Para quienes viven lejos del aeropuerto, ese
apoyo debe ir acompañado de transporte terrestre y marítimo coordinado. Para
una familia, la conectividad se mide desde la puerta de su casa hasta el lugar
al que necesita llegar.
Antes de pensar en nuevos
aviones, tanques o sistemas de vigilancia, Chile debe preguntarse qué está
haciendo para que más familias puedan vivir y quedarse en las zonas menos
pobladas de Aysén. En los discursos patrióticos destacamos el valor estratégico
de estos territorios, pero a la hora de definir presupuestos y políticas
públicas, sus comunidades siguen quedando relegadas. Repoblar la Patagonia
exige empezar por quienes ya la habitan y abrir oportunidades para quienes
quieran radicarse en ella, con vivienda, trabajo, escuelas, salud y transporte.
Si de verdad queremos resguardar la soberanía en Aysén, la primera decisión es
hacer posible que las personas construyan aquí su futuro.
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