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Memoria, Estado y reconstrucción.
Cada vez que Chile enfrenta una catástrofe, la solidaridad vuelve a demostrar por qué constituye una de las mayores virtudes de nuestra sociedad. Sin embargo, cuando el Estado comienza a apoyarse en esa solidaridad para cumplir funciones que le son propias, aparece una discusión mucho más profunda. A propósito de la creación del Fondo Nacional de Reconstrucción, vale la pena preguntarse si estamos frente a una solución excepcional o ante una nueva forma de entender el papel del Estado.
Hay algo que siempre me ha parecido admirable de los
chilenos. Cuando ocurre una tragedia, la solidaridad aparece de manera casi
inmediata. No importa si se trata de un terremoto, un incendio forestal, un
aluvión o una inundación; siempre surgen personas dispuestas a ayudar sin
preguntar quién recibirá esa ayuda ni cuánto tiempo demandará reconstruir lo
perdido. Esa capacidad de organizarse y colaborar dice mucho de nosotros como
sociedad y constituye, probablemente, una de nuestras mayores fortalezas.
Precisamente por valorar esa solidaridad es que me parece
necesario hacer una distinción que, a mi juicio, resulta fundamental. Una cosa
es que las personas decidan colaborar voluntariamente con quienes atraviesan
momentos difíciles. Otra muy distinta es que el Estado comience a descansar,
aunque sea parcialmente, en esa solidaridad para cumplir responsabilidades que
le pertenecen por definición.
La creación del Fondo Nacional de Reconstrucción, anunciada
por el Gobierno tras los recientes temporales que afectaron gravemente a las
regiones de Atacama y Coquimbo, vuelve a instalar esa discusión. La iniciativa
contempla aportes de personas y empresas, beneficios tributarios, ejecución de
proyectos por privados y una plataforma destinada a transparentar el uso de los
recursos. Desde luego, nadie podría objetar que existan mecanismos que
faciliten la colaboración ciudadana ni tampoco que se incorporen herramientas
destinadas a garantizar la trazabilidad de los aportes.
La pregunta, sin embargo, no pasa por ahí.
Lo que corresponde preguntarse es si la reconstrucción de
infraestructura pública, viviendas, caminos y servicios esenciales debe
depender, aunque sea en parte, de campañas de donación y aportes privados,
cuando precisamente para enfrentar ese tipo de contingencias existe un Estado
que recauda impuestos y administra recursos públicos.
No deja de llamar la atención que esta discusión aparezca
precisamente bajo un gobierno que históricamente ha sostenido una visión donde
el Estado debe reducir su tamaño y abrir mayores espacios a la iniciativa
privada. Esa posición es perfectamente legítima dentro del debate democrático.
Lo que también resulta legítimo es preguntarse cuáles son las consecuencias
prácticas de esa manera de entender el rol estatal.
Cuando observo esta discusión, inevitablemente recuerdo un
episodio de nuestra historia que nunca terminó de aclararse por completo.
El 19 de septiembre de 1973, apenas ocho días después del
golpe de Estado, la dictadura lanzó la campaña "Comprométase con
Chile", inserta dentro del discurso de la llamada Reconstrucción Nacional.
Se invitó a las familias chilenas a entregar anillos de matrimonio, joyas,
monedas de oro y otros objetos de valor en nombre del patriotismo y del
sacrificio que exigía el momento que vivía el país. A quienes colaboraban se
les prometía una sencilla argolla de cobre o un distintivo conmemorativo como
símbolo de ese aporte.
La convocatoria no quedó limitada a las familias. Mediante el
Decreto Ley N.º 45 también se llamó a comerciantes, industrias, bancos y
grandes empresas a realizar donaciones en dinero, maquinaria, materias primas e
incluso mano de obra, ofreciendo a cambio importantes beneficios tributarios.
Hasta ese punto los hechos son ampliamente conocidos; lo que
sigue siendo una incógnita es el destino final de esos recursos.
Después de más de cinco décadas todavía no existe una
rendición pública completa que permita saber cuánto oro fue efectivamente
recibido, cuál fue el monto total de las donaciones, cómo se administraron esos
bienes ni qué porcentaje terminó financiando la reconstrucción que entonces se
anunciaba. Esa ausencia de información fue posible porque el país vivía bajo
una dictadura que había eliminado prácticamente todos los mecanismos de control
democrático y de rendición de cuentas.
Por supuesto, sería incorrecto sostener que el Chile de hoy
es comparable con el de 1973. Actualmente existen instituciones fiscalizadoras,
normas de transparencia, acceso a la información pública y una ciudadanía mucho
más empoderada. Las diferencias son evidentes y sería intelectualmente
deshonesto desconocerlas.
Sin embargo, reconocer esas diferencias no impide advertir
que ciertas ideas pueden reaparecer bajo nuevas formas.
La discusión de fondo no consiste en comparar dos épocas
completamente distintas, sino en preguntarnos cuál debe ser el papel del Estado
cuando una catástrofe golpea al país.
Porque una cosa es incentivar la solidaridad, otra muy
distinta es diseñar políticas públicas que asuman que esa solidaridad terminará
financiando una parte de las obligaciones estatales.
Quienes trabajamos hace años en los territorios sabemos que
las comunidades siempre están dispuestas a colaborar. Lo he visto en
localidades rurales, en juntas de vecinos, en organizaciones comunitarias, en
clubes deportivos y en agrupaciones de adultos mayores. Cuando el Estado no
alcanza, son precisamente esas organizaciones las primeras en responder. Lo
hacen porque comprenden que la ayuda no puede esperar.
Pero también saben algo que pocas veces aparece en el debate
público.
La solidaridad nace de las personas.
La responsabilidad nace del Estado.
Confundir ambas cosas termina trasladando lentamente
responsabilidades públicas hacia la ciudadanía, y esa discusión merece darse
con absoluta honestidad.
No se trata de cuestionar la buena fe de quienes donan ni de
quienes administran esos recursos. Tampoco desconocer que la colaboración
público-privada puede resultar útil en determinadas circunstancias. El
verdadero debate consiste en determinar hasta dónde llega esa colaboración y
desde qué punto comienza una obligación que el Estado no puede delegar, porque
detrás de cada decisión presupuestaria existe una determinada concepción
política y detrás de cada beneficio tributario también existe una definición sobre
quién finalmente financia las políticas públicas.
José Antonio Kast ha defendido durante años una visión donde
el sector privado adquiere un protagonismo creciente y el Estado reduce
progresivamente su intervención. Esa definición política es conocida y forma
parte del debate democrático. Precisamente por eso el Fondo Nacional de
Reconstrucción no puede analizarse como una medida aislada, sino como una
expresión coherente de una determinada forma de entender el país.
Cada lector tendrá su propia opinión sobre esa visión.
La mía nace desde la experiencia de haber recorrido
comunidades donde la solidaridad nunca ha faltado, pero donde también he
comprobado que ninguna comunidad puede reemplazar indefinidamente aquello que
corresponde garantizar al Estado.
La solidaridad es una virtud que debemos cuidar.
El Estado es una institución que debemos exigir.
Cuando ambas funciones comienzan a confundirse, el riesgo no
es únicamente administrativo ni presupuestario. Es político. Porque poco a poco
dejamos de preguntarnos qué debe hacer el Estado y comenzamos a conformarnos
con aquello que la buena voluntad de las personas logra cubrir.
Por eso creo que recordar la campaña "Comprométase con
Chile" no significa afirmar que la historia se repite ni establecer
equivalencias simplistas entre dos momentos completamente distintos. Significa,
simplemente, ejercer la memoria como una herramienta para comprender el
presente. La historia no vuelve exactamente igual, pero suele dejar señales que
conviene reconocer antes de que pasen inadvertidas.
Cada lector sacará sus propias conclusiones.
La mía es sencilla.
La solidaridad siempre será una de las mayores riquezas de
Chile y merece todo nuestro reconocimiento. Pero precisamente porque nace de la
libertad y del compromiso de las personas, nunca debería transformarse en el
reemplazo de una obligación que corresponde al Estado asumir plenamente. Cuando
eso ocurre, ya no estamos discutiendo únicamente cómo reconstruimos un país
después de una emergencia; estamos definiendo, quizás sin advertirlo, qué
Estado queremos construir para las próximas generaciones.
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