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Trump suspendió los bombardeos sobre Irán tras semanas de ataques “ojo por ojo”, mientras Ucrania atravieza su crisis política más profunda desde el inicio de la guerra, que ya es la más larga en Europa desde la Primera Guerra Mundial. El ataque ucraniano a un carguero iraní en el mar Caspio revela cómo dos conflictos diferentes podrían solaparse.
La imagen del presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y el presidente Donald Trump en Washington rindiendo homenaje en los funerales del senador republicano Lindsey Graham podría interpretarse como una postal imperialista más que representativa. El difunto Graham fue uno de los halcones pro-israelíes y anti-iraní más consecuentes y gran amigo de Netanyahu. También de Zelensky; Graham era una de los principales impulsores del suministro de armas para Ucrania. Operador central del establishment imperialista estadounidense, no casualmente entre sus “donantes” de campaña se encontraban las principales empresas del complejo militar-industrial, desde Lockheed Martin, hasta Boeing, pasando por General Dynamics, entre otras.
Trump, Netanyahu y Zelensky lamentan su muerte con razón. Sin embargo, el encuentro de Trump con Netanyahu fue más frío que en otras ocasiones, producto de las tensiones respecto a la guerra en Irán, la ofensiva de Israel en Líbano, o la relación con Turquía. Diferente fue el encuentro con el presidente ucraniano, para quién Trump escenificó una recepción elogiosa muy diferente de aquella gran humillación que le propinó en febrero de 2025. Otra postal, en este caso, que muestra los vaivenes geopolíticos de Trump en medio de un escenario internacional cada vez más convulsivo.
Después de varias semanas de ataques “ojo por ojo” entre Estados Unidos e Irán, que volvieron a plantear el peligro de la escalada en el Golfo, el último fin de semana Estados Unidos suspendió los bombaredeos, frente a lo cual Irán también pausó las operaciones. Esto ocurrió pocos días después de las amenazas de Trump de ir hacia “ataques masivos” sobre Irán. ¿Qué sucedió? ¿En qué situación está la guerra y cuáles son las perspectivas?
Mientras los ojos del mundo estaban puestos en el mundial, la guerra en Medio Oriente se venía intensificando. Estados Unidos golpeaba objetivos militares e infraestructura civil, y Trump amenazaba con redoblar los ataques. Irán, por su parte, respondía de manera cada vez más amplia contra las bases norteamericanas en Kuwait, en Baréin y también en Jordania, donde atacó por primera vez en estas semanas, aprovechando que EE. UU. había concentrado allí sus recursos militares. En esa operación murieron cuatro soldados estadounidenses. A este cuadro se sumó un nuevo frente marítimo. El lunes 20 de julio los hutíes anunciaron el bloqueo del estrecho de Bab el-Mandeb, la puerta al Mar Rojo, y el jueves 23 atacaron dos petroleros saudíes. El bloqueo de Bab el-Mandeb se sumó así al del estrecho de Ormuz y disparó la subida de los precios del petróleo a nivel global. El bloqueo hutí afecta especialmente a Arabia Saudita, que había comenzado a sacar su petróleo por esa vía frente al bloqueo iraní de Ormuz. Casi en espejo, en esa misma semana Trump acordó con la monarquía saudí el apoyo de Estados Unidos para el desarrollo de un programa nuclear civil: un guiño a una monarquía cuya relación con Washington viene desgastada.
En este contexto, la cuestión era si nos encontrábamos ante una escalada que tendía a los extremos o ante un intercambio “ojo por ojo” destinado a definir los términos de una nueva negociación. Sobre esto se plantearon visiones distintas, incluso dentro del mainstream de las relaciones internacionales.
Una primera interpretación es la que planteó el analista internacional John Mearsheimer. Para él no se trataba de una escalada sin techo, sino que los ataques de Trump buscaban forzar una nueva negociación lo antes posible. Su argumento es que a Estados Unidos no le convenía continuar por mucho tiempo este tipo de ataques “ojo por ojo”, tanto por las consecuencias para la economía, como por no disponer de municiones sofisticadas para sostener los bombardeos y doblegar a Irán. Tampoco habría estado en condiciones de una acción terrestre, con apenas 8.000 soldados disponibles para el combate (de los 50.000 totales en la región) frente a un país de 90 millones de personas. En esta clave, los ataques de Trump a la infraestructura civil iraní se debían más que nada a su desesperación por terminar la guerra. La escalada era un modo de forzar una salida rápida, precisamente porque sabía que no podía prolongar el desgaste. La conclusión de Mearsheimer es que Estados Unidos necesita un nuevo memorando de entendimiento, y que si no apunta hacia allí las condiciones futuras para negociar serán aún peores. Cabe destacar que Mearsheimer ya había definido el primer memorando de entendimiento como un documento de rendición. El problema que señala es que en Teherán se fortalecieron los sectores más duros, lo que vuelve más difícil cualquier acuerdo. Mearsheimer agregaba un elemento de política interna estadounidense: no habría que subestimar la posibilidad de que el ala progresista del Partido Demócrata –Sanders, Ocasio-Cortez– pueda disputar la presidencia en 2028.
Por su parte, el analista militar Robert Pape planteaba una visión que en varios puntos va en sentido opuesto, con la escalada como lo más probable (algo que viene siendo su hipótesis central desde el comienzo de la guerra). Desde su punto de vista, lo ocurrido en las últimas semanas era ya una espiral vertical, con ataques a infraestructura civil, y una escalada horizontal, al incorporar nuevos espacios a la guerra, ahora en el Mar Rojo. Su posición es que la tendencia predomina, porque Trump no puede permitir el control iraní del estrecho de Ormuz, mientras Irán está decidido a mantenerlo: un juego de suma cero donde no hay negociación posible. De ahí que pronostique una nueva fase, con bombardeos más fuertes o incluso el intento de tomar objetivos territoriales. Su argumento es que si Trump se retira de la guerra y acepta la preeminencia de Irán en el estrecho, se transforma de inmediato en Lyndon Johnson, el presidente que en 1968, en plena crisis por la guerra de Vietnam, anunció que no iría por la reelección y perdió todo su poder. Pape considera que Trump intentará no terminar como pato rengo, y piensa que en esa determinación juega también una motivación personal, la idea de un “legado” que el presidente de 80 años pretende dejar después de su segundo mandato. Pape añade otro elemento sugerente, sostiene que la victoria, en última instancia, no la deciden Trump ni Irán, sino las empresas navieras, según acepten o no el riesgo de atravesar Ormuz. Es un elemento relevante, porque mientras la economía mundial se ve afectada por la guerra, también entran en juego otros actores, además de los gobiernos.
Más cercana a Mearsheimer es la posición que viene planteando Vali Nasr, especialista en Irán y Medio Oriente, autor del libro reciente La gran estrategia de Irán. La tesis central del libro es que ese régimen se volvió mucho más pragmático en la realización de su interés nacional como potencia regional. Nasr opina que se avanza por un camino accidentado hacia algún tipo de acuerdo o nuevo statu quo. Su fundamento es que en la guerra Estados Unidos constató que no puede derrotar a Irán (al menos no con el nivel de compromiso militar que el imperialismo norteamericano está dispuesto a asumir hoy). Según Nasr, el régimen iraní también es consciente de que no puede imponer todas sus condiciones. En algún punto, sostiene, tendrán que llegar a un statu quo sostenible; no lo llama paz, lo llama nuevo statu quo. Por eso resalta que, mientras caen los misiles, siguen las conversaciones técnicas. Como en todos estos pronósticos, el análisis se mezcla con los deseos. Lo que Nasr analiza con mayor claridad es que el orden anterior de Medio Oriente ya no existe y que Estados Unidos dejó de ser garantía de seguridad para las monarquías de la región. Por eso, mientras los Emiratos Árabes o Baréin profundizan su alianza con Israel, otros como Arabia Saudita buscan agruparse con Pakistán, Egipto y Turquía. En ese marco cobra significado el acuerdo sobre el programa nuclear entre Trump y la monarquía saudí anunciado hace una semana, como un intento de Washington por contrarrestar esa deriva.
La pausa actual en los enfrentamientos entre EE.UU. e Irán va en el sentido de lo que sostiene Mearsheimer acerca de los intentos de Trump por encontrar una salida rápida a la guerra. La publicación en medios como New York Times de supuestas filtraciones acerca de que Estados Unidos tiene serios problemas de abastecimiento de interceptores antimisiles Patriot y otras municiones de defensa y las versiones contradictorias de funcionarios de la Casa Blanca al respecto, ahondan las vulnerabilidades expuestas de la principal potencia militar del planeta y no hacen más que acelerar su crisis de hegemonía.
Mientras tanto, la guerra de Ucrania ya se transformó en la más larga en territorio europeo desde la Primera Guerra Mundial. El gobierno de Zelenski atravesó en las últimas semanas la crisis política más importante desde que comenzó el conflicto. Tras varias jornadas de movilizaciones callejeras en Kiev y otras ciudades, que cuestionaban la destitución del ministro de defensa y la gestión gubernamental de la guerra, Zelenski terminó despidiendo al comandante en jefe de las fuerzas armadas, Oleksandr Syrsky, un aliado cercano.
En los últimos meses, Ucrania viene golpeando objetivos rusos con ataques de largo alcance: infraestructura de refinamiento de petróleo y varios almacenes logísticos de Wildberries, una suerte de Amazon ruso. El objetivo es presionar sobre la economía y la población para forzar a Putin a negociar. Esto llevó a que en occidente se multiplicaran los relatos triunfalistas sobre un giro importante en la guerra, favorable a Ucrania. La pregunta, en este marco, es qué expresa la crisis político-militar ucraniana y cuál es la dinámica de esta larga guerra de desgaste en la que están involucradas, como guerra proxy, las potencias occidentales de la OTAN.
La crisis comenzó cuando Zelenski destituyó al ministro de defensa, Mykhailo Fedorov, de 35 años, visto como referente de un sector modernizador del ejército que apuesta por la guerra de drones frente a los jefes militares formados en la era soviética. Entre ambos sectores los choques eran cada vez más fuertes. Zelenski, haciendo equilibrio entre las dos facciones, primero apostó por mantener la jefatura militar tradicional y destituyó a Fedorov. Eso provocó manifestaciones masivas a favor de Fedorov, percibido como quien podía hacer la guerra más eficiente y, sobre todo, menos costosa en vidas humanas. Zelenski no aguantó el pulso de la calle y retrocedió, despidió al comandante en jefe del ejército e intentó congraciarse con Fedorov.
Lo que hay de fondo es una guerra que ya lleva cuatro años y medio, cuyo fin no está a la vista y con un altísimo costo en vidas.
La guerra en Ucrania es un ejemplo más que claro de la tendencia a las guerras eternas: fáciles de iniciar pero muy difíciles de cerrar. A diferencia de la guerra en Irán, aquí no se trata simplemente de un país oprimido frente a una potencia imperialista, sino que hay grandes potencias ubicadas claramente en cada bando, aunque en el caso de la OTAN esta actúe por procuración a través del ejército ucraniano. Por eso, desde una posición internacionalista, la consigna es ¡Fuera Rusia y la OTAN de Ucrania! Mientras Putin invadió Ucrania; la OTAN utiliza a Ucrania para debilitar a Rusia.
Según un estudio reproducido por El País, se calcula ya en 2 millones de bajas (entre muertos y heridos) entre ambos bandos, con los muertos en el orden de los cientos de miles. Valerii Zaluzhnyi, otro excomandante en jefe de las fuerzas armadas ucranianas, destituido por Zelensky en febrero de 2024, polemiza en un artículo en The Telegraph con las visiones triunfalistas de Occidente. Sostiene que los drones y otras tecnologías están volviendo la guerra muy difícil para ambos bandos, una guerra de desgaste que se mide metro a metro y con costos enormes. Los ataques con drones dañan a Rusia, pero esta conserva capacidad de contraatacar con igual o mayor fuerza. Lo más relevante de su análisis es que señala que la guerra también incluye una competencia por la logística, la capacidad industrial, la infraestructura y lo que denomina la “resiliencia social”: el apoyo o no de las poblaciones.
En este marco, la presión de las potencias occidentales por más reclutamiento de tropas ucranianas para ir a morir al frente ha sido una constante, y genera tensiones crecientes. Es uno de los grandes problemas detrás de la crisis política y las movilizaciones en torno a la destitución de Fedorov. Antes de esas movilizaciones ya se había visto una suerte de mini rebelión en la ciudad de Lviv contra la captura violenta de jóvenes para el reclutamiento. Esa resistencia en las calles es cada vez más amplia, y la de Lviv resultó significativa por haberse dado en el occidente del país. Estos fenómenos muestran, de forma sinuosa –a través del problema del reclutamiento y de los costos enormes de la guerra para la población–, la crisis de la estrategia de la OTAN de utilizar al pueblo ucraniano para sus intereses geopolíticos.
En la semana del 20 de julio hubo una breve reunión entre Marco Rubio y Sergei Lavrov, en el marco de la cumbre de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático. Duró poco y sirvió sobre todo como confirmación de que sigue siendo muy difícil terminar la guerra. Putin mantiene como condición que Ucrania acepte la pérdida territorial y el no ingreso a la OTAN, algo que Kiev no acepta, además de exigir garantías de la OTAN para un hipotético cese al fuego. A ello se suman la crisis y las tensiones dentro de la propia OTAN, entre Trump y los europeos. El acuerdo de la Unión Europea con Ucrania para la producción de drones busca combinar la industria europea con la experiencia bélica ucraniana. Junto con el préstamo de 90.000 millones a Kiev y nuevos paquetes de sanciones a Rusia, confirma la intención de Europa de seguir sosteniendo la guerra. Esto se combina con los planes descomunales de rearme y con la discusión, en varios países, sobre la posibilidad de restituir el servicio militar, algo que viene siendo cuestionado por la juventud, especialmente en Alemania.
El pasado fin de semana, Ucrania atacó un carguero iraní en el mar Caspio, en un episodio que puso de manifiesto los vínculos entre las guerras que ambos países están librando. Kiev afirmó que el barco transportaba equipo militar entre Irán y Rusia; Teherán sostuvo que se trataba de un buque comercial y acusó a Ucrania de matar a un marinero en el ataque. La importancia del hecho radica en que fue un encuentro inusualmente directo entre dos países que llevan años en bandos opuestos –Irán suministrando a Rusia los drones que golpean a Ucrania, y Kiev exportando su experiencia antidrones a los estados del Golfo; ya cuenta con acuerdos de defensa con Arabia Saudita, Catar y Emiratos Árabes–, elevando el riesgo de que un conflicto indirecto se convierta en uno abierto. El mar Caspio es una vía central para la economía de Irán para el intercambio de productos y la salida de petróleo hacia Rusia en el marco del bloqueo estadounidense.
El editorialista del Financial Times, Gideon Rachman, dedica su columna del 27 de julio a destacar este punto. Bajo el título “Ukraine, Iran and how regional wars go global” (“Ucrania, Irán y cómo las guerras regionales se globalizan”) analiza cómo estos dos conflictos regionales distintos amenazan con dejar de ser fenómenos aislados para empezar a solaparse. Según Rachman, Zelensky podría ver una oportunidad para mejorar drásticamente las relaciones con Trump al poner el eje en la relación entre Rusia e Irán y postularse para colaborar con Estados Unidos en su guerra contra Irán. Y concluye que los conflictos regionales combinados con los errores de cálculo de las grandes potencias son una mezcla históricamente mortal, a pesar de que ni EE.UU. ni China (como principal potencia de un bloque informal con Rusia, Irán y Corea del Norte) quieren que sus disputas deriven en algún tipo de conflicto abierto.
El hecho es que el ataque ucraniano al carguero iraní no es un hecho para tomar a la ligera, es una postal que pone en perspectiva los peligros que encierra la situación mundial. Aunque en los últimos días parece instaurarse cierta tregua de hecho entre EE.UU. e Irán, la tendencia a las guerras eternas y a su solapamiento no es un accidente sino que está inscripta en una situación mundial marcada por la decadencia misma del imperialismo estadounidense. Una potencia que se lanza a aventuras militares cada vez más costosas, dinamitando incluso los cimientos tradicionales de su propio poder y arrastrando al conjunto de la economía mundial al borde de la crisis. La sobreextensión del militarismo y el guerrerismo de EE.UU. son signos de los imperios en declive. Trump reproduce el patrón que los historiadores identificaron en el colapso de los grandes imperios, mientras que la derrota estratégica que viene sufriendo EE.UU. en Irán no hace más que acentuarlo. El funeral de Graham, ese viejo halcón del complejo militar-industrial, bien puede leerse como la metáfora de una época del poder imperial que hoy se resquebraja.
Por Josefina L. Martínez
Matías Maiello
Fuente: Armas de la Crítica
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