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Para las familias neurodivergentes, cada logro escolar es una victoria. El Ordinario 1691 pone en riesgo esos avances
Retrasar los equipos PIE hasta abril deja sin apoyo a niños con necesidades educativas especiales justo cuando más lo necesitan.
Por Claudia Barahona Chang, madre, publicista, directora y fundadora de C&C Comunicaciones Estratégicas; Coordinadora del programa feminismo del Instituto Igualdad.
Recibir un diagnóstico de autismo y salir de la consulta con más preguntas que respuestas es una experiencia que comparten miles de familias en Chile, igual que la incertidumbre de cada mañana sobre cómo les irá a sus hijas e hijos en el colegio. Buena parte de lo que esas niñas y niños logran se lo deben a personas que la mayoría de la población no conoce: los equipos del Programa de Integración Escolar, el PIE.
Para las familias de niñas y niños neurodivergentes, lo cotidiano se convierte en un triunfo. Subirse por primera vez al metro. Leer en voz alta frente a todo el colegio, mientras la familia y las y los docentes se emocionan. Llegar a la casa diciendo “por fin entendí matemáticas”, o con un 7 en inglés. Cada uno de esos pasos es una victoria conseguida en un camino que muchas veces es solitario y que viene acompañado de un miedo permanente: el miedo a lo que la sociedad puede hacerles por su diferencia.
El PIE es, ante todo, un equipo de personas con nombre y apellido: profesionales de la educación diferencial, la psicología, la fonoaudiología, la psicopedagogía y la terapia ocupacional. No apartan a las y los estudiantes ni los derivan a otro lugar: los acompañan en su propio curso. Evalúan cómo aprende cada estudiante, no solo qué le cuesta. Adaptan el currículum, las guías y las evaluaciones, pero también momentos tan básicos como un recreo, un acto o la hora de almuerzo. Entran a la sala junto a la o el docente de aula y enseñan en dupla. Anticipan una crisis sensorial y saben contenerla sin exponer a la niña o al niño frente a todo el curso. Y orientan a las familias, que muchas veces llegan solas, cansadas y sin saber por dónde empezar.
Las familias de niñas y niños autistas saben que la rutina lo es todo. Un cambio inesperado, una sala más ruidosa o una persona nueva pueden desordenar semanas de avances. Por eso marzo es el mes más delicado del año: curso nuevo, profesorado nuevo, horarios nuevos. Es justo cuando más se necesita que el equipo PIE esté presente.
Por lo mismo, resulta grave el Ordinario 1691 de la Dirección de Educación Pública, que orienta a contratar recién en abril a las y los profesionales que atienden a estudiantes con necesidades educativas especiales permanentes. Como advirtió el presidente del Colegio de Profesores y Profesoras, Mario Aguilar, eso significa que en marzo esas niñas y niños quedarían sin atención. Quien redactó ese documento probablemente nunca ha visto a una niña o un niño autista enfrentar su primer día de clases sin nadie que le entienda. Lo que puede ocurrir es conocido: la crisis frente al curso, las miradas, el apodo, el aislamiento, el miedo a volver al colegio al día siguiente. Ese daño no se repara en abril, y muchas veces no se repara nunca.
Como si fuera poco, el mismo documento propone fusionar cursos hasta llegar a 35 estudiantes por sala. Eso significa más estudiantes y menos apoyos; más frustración y más segregación para las niñeces y adolescencias neurodivergentes o con necesidades educativas especiales.
El PIE no beneficia solo a algunas y algunos estudiantes. Beneficia a miles de niñas, niños y adolescentes que forman parte de este universo llamado neurodivergencia, y también a sus cursos completos. Cuando hay dos docentes en la sala, todo el curso aprende mejor, y sus compañeras y compañeros crecen conviviendo con la diferencia. La Ley de Autismo obliga al Estado a asegurar apoyos en el ámbito educativo. No es un favor: es el derecho a aprender en un espacio protegido, donde cada niña y cada niño se sienta parte, sin maltrato ni discriminación.
Pero esto no es un hecho aislado. Primero se propusieron recortes a la alimentación escolar. Después, el Presupuesto 2027 dejó en cero las Becas TIC, que entregaban un computador a casi cien mil estudiantes de séptimo básico. Ahora se le dice a una niña o un niño autista que espere un mes para tener a alguien que le acompañe en la sala. El plato de comida, el computador y la mano que sostiene: uno a uno, se les va quitando a las niñeces y adolescencias de la educación pública aquello que les permitía partir en igualdad de condiciones.
Presidente Kast: usted prometió en campaña que no habría recortes “para nada”, ni en alimentación ni en becas. En su primera Cuenta Pública aseguró que haría un ajuste fiscal profundo sin tocar los beneficios sociales, y su vocera repitió que el beneficio social no se toca. Hoy, los recortes de su gobierno están cayendo sobre las niñas y niños más vulnerables de Chile, incluyendo a quienes necesitan apoyo para aprender junto a sus pares. No se puede hablar de familia en los discursos y dejar solas a las familias en la sala de clases.
Un país que le quita a su niñez el almuerzo, las herramientas para aprender y el apoyo para ser incluida no está ordenando sus cuentas: está decidiendo a quiénes deja atrás. Durante años, el Estado ignoró a estas niñas y niños. No puede volver a hacerlo.
Por eso, la exigencia al Presidente y a su gobierno es simple: retirar el Ordinario 1691 y garantizar que los equipos PIE estén en las escuelas desde el primer día de clases. Las niñas y niños no pueden esperar hasta abril.
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