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800 Palabras
Hay ocasiones en que revisamos objetos del pasado y tenemos la sensación de que algo aún se encuentra inconcluso.
Doña Matilde cumplía 78 años y quiso una celebración íntima, no como tres años atrás, que se había juntado gente de todos lados: esta vez, su hijo y familia, nadie más.
Calle Nueva Dardignac, esquina con Salvador Donoso, donde vivía Matilde, quedaba a sólo siete minutos a pie de la facultad de Derecho, de modo que Ernesto salió del diario, fue en busca de su hija Natacha y se dirigieron hacia allí. Ana María terminaba de atender a un paciente a las veinte y luego llegaría también.
Apenas abierta la puerta, Natacha abrazó muy fuerte a su abuela y no se soltó durante varios minutos. Ernesto, que sostenía un paquetón de comida bajo el brazo y cargaba dos botellas en la otra mano, fue raudo hacia la cocina.
— ¿Ya puedo abrir mi regalo —les preguntó Matilde. Al mismo tiempo que Natacha decía que sí, Ernesto dijo:
— Aguarda a que llegue mi mujer, mamá.
Lo de la rotisería iba cada cosa a parar a distintos platos y bandejitas. Ernesto arrugó los envoltorios, haciendo un bollo y le dijo a su madre:
— ¿Los dejo aquí adentro, en esta caja de cartón, así lo sacamos más tarde con los residuos?
Pero al abrir la caja, se encontró con que no estaba vacía y preguntó:
— ¡¿Y esto?!
— Te lo he bajado desde el altillo, son los discos de tu padre.
Ernesto se puso a revisarlos y Natacha también quiso curiosear.
— ¿Has visto, hija? Mi padre no tenía Spotify.
— Ni Simpson padre lo tenía ni el abuelo. Porque, verás, Ernesto, que no sólo están allí los vinilos de mi marido, también hay discos de pasta pertenecientes a mis suegros. Me cansé de guardar tantos años estas cosas.
Ernesto miraba cada álbum y se sonreía, Natacha leía en voz alta los títulos y nombraba a los intérpretes, como si hubiese sido una anunciadora de un programa radial:
— ¡Venecia sin ti, por Charles Aznavour! ¡Seguimos nuestra programación de la tarde con Diablito, por Neil Sedaka! Elvis Presley, Paul Anka, Frank Sinatra… ¡Bastante yanqui, tu abuelo, papá!
— ¡Uf! ¡Las peleas que tuve que presenciar entre Román y mi suegro!
— ¿Por qué? —quiso saber la nieta.
— Imagina: mi suegro era partidario del conservadurismo de Eduardo Frei Montalva y en los 60 le aparece un Román, hijo revoltoso de izquierdas y estudiante de abogacía.
— ¡Ah, al revés que ahora, cuando a mis papás les ha salido una hija de derechas! —Natacha y su abuela se reían, pero Ernesto estaba tomado por cada disco con que se encontraba:
— Mira, Natacha: ésta era Melina Mercouri, una heroína para mi viejo.
— ¿Tuvo algo que ver con Freddie? —preguntó la jovencita, queriendo hacer un chiste.
— Bueno… —respondió Ernesto—, sabrás que Freddie Mercuri adoptó como nombre de drag, justamente, el de Melina. Melina Mercouri tuvo que exiliarse de Grecia durante la dictadura de los coroneles y cuando estos tipos le quitaron la ciudadanía, ella dijo: Nací griega y he de morir griega, pero Stylanos Pattakus nació fascista y morirá fascista.
— Nadie nace fascista, es como si yo dijera que el Che Guevara nació comunista —dijo Natacha. Su abuela le explicó que había sido sólo un modo de decir y que aquella cantante, actriz y activista política era una reconocida personalidad de la cultura helénica. También contó que todos los discos de su marido, pertenecientes al período entre los 60 y 80, habían sido arrojados a un contenedor de basura cuando a Román lo alertaron de un posible allanamiento en el domicilio, mientras otro se estaba llevando a cabo en el estudio que compartían con su querido socio y amigo Benjamín Bruder Contreras. De modo que allí no estarían los álbumes de Víctor Jara, Violeta Parra, los Inti Illimani y tantos otros.
Sonó el timbre de la puerta de calle y Natacha dijo:
— Debe ser mamá, yo le abro —y se fue corriendo.
Tras quedarse madre e hijo solos allí, ella dijo en voz baja:
— No te lo quería decir delante de Natacha, pero revisa bien dentro de cada álbum: en intérpretes con M, encontrarás casos de presos políticos de apellidos iniciados en M. Y así, con la B y con las demás letras.
Ernesto se había quedado duro tras dar con el primer expediente hecho de antiguo y delgado papel mecanografiado y, en varios casos, copias de carbónico.
— Creo que deberíamos entregárselos a la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, donde acaba de asumir la presidencia Marta Vega Alvarado —dijo Ernesto y volvió a meter los viejos expedientes en cada álbum, cuando Ana María felicitaba a su suegra por este 78º aniversario.
— Deberías comprar una tornamesa, papá.
— Eso pensaba —dijo sonriente, Ernesto.
Ana María miró la caja de cartón repleta de discos y dijo:
— ¡No pensarás meter eso en casa!...
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