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800 Palabras
¿Qué será lo más importante cuando nos miramos al espejo? ¿Lo que vemos nosotros o lo que imaginamos que ven los otros?
Silvia, de quien Ana María se había hecho amiga en la piscina temperada de Santiago, gentilmente se ofreció a brindarle unos tips como para corregir vicios y movimientos equivocados en los estilos de nado. Con cada recomendación práctica, Ana María notaba que dejaba de hacer sobreesfuerzos y que, a la vez de nadar más rápido, no perdía tanto aire y, por ende, se cansaba mucho menos. Volvió a casa contenta y así se lo comentaba a su familia:
— Toda mi vida nadé como un pato, con la cabeza afuera, por ese instinto que tenemos de no sumergirnos. Pero desde que Silvia me enseñó a bracear y meter mi cabeza bajo la superficie, junto con el movimiento de piernas, de golpe me siento una acuanauta. ¡No sé cómo pude nadar pecho tan mal durante toda mi vida!
— Yo, apenas si sé nadar crol —dijo Ernesto, y Natacha también se manifestó:
— A mí me da terror meter la cabeza bajo el agua muchos segundos. Jamás sería tripulante de un submarino. Y cuando hice el año de intercambio cultural con Evelyn, la estudiante de Londres, durante el viaje en tren a Francia bajo el Canal de la Mancha creí que me daría un ataque de pánico. Por suerte fueron sólo veinte minutos de túnel.
Los tres coincidieron en que el más cómodo y natural parecía ser el nado estilo pecho. Y Ernesto, asociando ideas, ya se acordaba de su tarde en la redacción del diario:
— Hoy anduvimos hablando justamente sobre el pecho, cuando le llevé a mi jefe los bocetos de una tira cómica para mañana. Le puse de título El mundo saca pecho, y en cada cuadro aparecen caricaturas de las movilizaciones de Europa, Asia y América.
Dijo Ana María:
— En un video, vi a un muchacho de Argentina que le están tirando agua desde los camiones hidrantes de la policía y, con una rodilla sobre el pavimento, agacha la cabeza para resistir la fuerza del manguerazo, pero sostiene en alto la bandera celeste y blanca.
— Yo vi a La Pantera Rosa corriendo en Francia delante de los chorros de agua de las fuerzas represivas —dijo Natacha—, pero después me enteré de que había sido un montaje de la inteligencia artificial.
Ernesto dio su parecer:
— Va llegando la hora de que los poderosos se vayan dando cuenta de que la vida que pretenden hacer, no va a resultar posible dejando afuera de este mundo a millones de habitantes a los que ellos consideran material excedente.
Claro que las reuniones en la oficina de Redacción suelen ser mucho más largas que la corta referencia que Ernesto acababa de darles a su mujer y a su hija. Sólo contó lo de la historieta, a colación del tema Pecho, pero prefirió omitir una parte de la conversación con su jefe y amigo Jaime Bustamante.
Ya que éste es un relato de ficción, nosotros tendremos el privilegio de conocer eso que Ernesto no le había contado a su familia:
— Está aprobada tu genial tira —le dijo Jaime y, dado que Ernesto había llevado no sólo sus bocetos, sino también dos pocillos con café, la reunión continuó por la ruta colectora que solían tomar estos dos para salirse de la autopista laboral:
— El título que le has puesto al comic, me hizo acordar de una discusión familiar de este fin de semana —dijo Jaime.
— ¡¿Otra vez te has peleado con tu mujer?!
— Con mi hija, Mabel.
— ¿Con Mabelita? Pero si ha sido siempre tu modelo de hija, estudiante, profesional…
— Precisamente eso siempre consideré yo: ya madre de dos varones y resulta que a los treinta y dos años se viene a dar cuenta de que sus pechos eran pequeños.
— Se quiere poner unas prótesis de siliconas, me imagino.
Jaime asintió con la cabeza y Ernesto, sorprendido y sonriente a la vez, preguntaba:
— ¿Y cuál es el problema? Es su cuerpo, es su percepción, su deseo. Supongo que tu yerno jamás se opondría a que su mujer pase a un talle más grande, justo en esa parte.
Jaime dio unas cuantas explicaciones más, entre otras, que su mujer había sido siempre de busto enorme y su hija menor había sido bendecida con esos mismos genes y atributos, por lo que Mabel se había pasado toda su adolescencia tapandoalgo que para ella era una carencia y, por muchos años más lo pospuso al casarse y atravesar dos maternidades.
— Mira Jaime: yo sé, porque lo hemos hablado muchas veces, que a ti te gustan las mujeres con pechos grandes y eso pudo haber sido siempre algo que Mabel debe haber percibido, aunque no fuera verbalizado, así que, hombre, ahora, apóyala a tu hija. Mi mujer, psicóloga, diría: ese apellido Bustamante ha sido todo un mandato familiar.
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