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Medir a todos con la misma vara parece sencillo. Lo difícil es hacerlo cuando la medida también nos alcanza.
Una mirada crítica, irónica y directa a la doble vara que nos divide: indulgentes con los nuestros, implacables con los demás. En los medios, en la política y también en la ciudadanía.
En Chile nos gusta decir que somos gente de principios. El
problema es que esos principios a veces cambian según quién esté involucrado,
de qué lado venga la crítica o cuánto nos convenga defender una postura.
Lo vemos todos los días. A veces con tanta claridad que da
vergüenza ajena. Pero preferimos mirar hacia otro lado hasta que alguien lo
dice en voz alta y nos obliga a hacernos cargo.
Pensemos en un caso que muchos comentaron, aunque pocos se atrevieron a
plantear directamente: Fernando Solabarrieta y Rafael Cavada. Dos personas,
problemas parecidos y reacciones completamente distintas.
A uno se le ofrece comprensión, respeto y hasta cierta
compasión. Al otro se le somete a un verdadero linchamiento público. Aparecen
las descalificaciones, los juicios rápidos y el dedo acusador de quienes, poco
tiempo antes, le estrechaban la mano.
¿Las faltas eran realmente tan distintas? Tal vez no. Pero en
Chile la respuesta suele depender de quién sea el involucrado, de quién tenga el
micrófono y de quién nos caiga mejor.
Esa parece ser la regla: somos flexibles cuando se trata de
los nuestros y estrictos cuando el problema lo tiene el otro.
En los medios ocurre. En la política, todavía más. La doble
vara dejó de ser una excepción y se transformó en una práctica habitual.
Exigimos transparencia a quienes no nos agradan, pero encontramos explicaciones
para quienes nos representan. Si el error es del bando contrario, hablamos de
corrupción. Si es de los nuestros, aparecen el contexto, las circunstancias y
los matices.
La ética termina convertida en un accesorio: la usamos cuando nos favorece y la
guardamos cuando empieza a incomodarnos.
Lo vimos también en las últimas elecciones, con ese 58% que
optó por la ultraderecha teniendo claro - al menos en parte - lo que estaba
apoyando. Muchos lo justificaron con un “sí, pero…”.
Sí, dicen cosas que antes
rechazábamos, pero prometen orden.
Sí, su estilo es agresivo, pero
transmite seguridad.
Sí, contradicen parte de lo que
decían defender, pero alguien tiene que hacer cambios.
Ahí está la trampa. Aceptamos conductas que antes condenábamos cuando creemos
que pueden ayudarnos a conseguir algo que consideramos urgente. Cambiamos
valores por tranquilidad y llamamos “pragmatismo” a lo que muchas veces no es
más que conveniencia.
No se trata de hacer un reproche moralista. Se trata de
plantear una pregunta incómoda: ¿queremos reglas que se apliquen a todos o solo
a quienes no pertenecen a nuestro grupo?
La democracia no puede sostenerse sobre criterios distintos
para cada persona. No funciona si tenemos una lista de pecados para los
adversarios y otra, mucho más amable, para los propios. Tampoco puede
sobrevivir si perdonamos todo de un lado y nada del otro.
Al final, lo que se deteriora no es solo la reputación de un periodista, un
político o un candidato. También se rompe la confianza en que las reglas sean
justas para cualquiera de nosotros.
Mientras sigamos juzgando con criterios diferentes, no debería sorprendernos
que cada vez menos personas crean en los medios, en los políticos o incluso en
sus propios compatriotas. Lo peor es que la incoherencia termina pareciendo
normal. Y cuando algo se vuelve normal, también empieza a parecernos aceptable.
¿Ese es el país que queremos? ¿Uno donde la justicia depende
del rostro del acusado, de sus amistades o del grupo al que pertenece?
Si la respuesta es no, el cambio empieza por algo bastante
simple: dejar de aplaudir la indulgencia cuando favorece a los nuestros y el
castigo cuando alcanza a los demás.
Porque una medida solo sirve si es la misma para todos.
Incluso cuando nos toca a nosotros.
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